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Una cosa es el paraíso y otra cosa es el camelo. Es obvio que la mayoría de la humanidad no tiene las posibilidades de elección de un millonario, pero eso no quiere decir que sean esclavos ni necios

Carlos Rodríguez Braun
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El título del reportaje de Javier Rodríguez Gómez en el dominical de El País era: “esclavos del azufre”. Toda la información más visible, las entradillas, las fotos y sus pies, iban en la misma dirección: subrayar las durísimas condiciones de trabajo en el volcán Kawah Ijen, con hombres deslomándose “por tres euros al día”. El periodista queda conmovido por el “escenario dantesco” y el “esfuerzo sobrehumano” de unos infortunados que “parecen reclusos a la espera de condena”. Tremendo, tremendo. Y de pronto uno se pregunta ¿por qué lo hacen?
 
Para comprender qué está sucediendo hay que avanzar bastante en la lectura del reportaje, que finalmente revela la profunda falsedad de su título, porque esos hombres no son esclavos en absoluto, ni del azufre ni de nada. Ellos deciden sobre su propio destino, saben perfectamente los grandes riesgos que corren, y los asumen, no por explotación ni por irracionalidad sino para mejorar su propia condición, y muy particularmente la de sus hijos, que irán a la escuela (no como ellos) y no trabajarán extrayendo azufre con las manos.
 
Una cosa es el paraíso y otra cosa es el camelo. Es obvio que la mayoría de la humanidad no tiene las posibilidades de elección de un millonario, pero eso no quiere decir que sean esclavos ni necios. Sin embargo, y por desgracia, la consideración de las alternativas reales rara vez está presente en el pensamiento único. Sólo al final del reportaje aparecen unas breves líneas que cuentan la verdad: esos sufridos trabajadores ganan el doble del salario mínimo y el triple de lo que ganan los campesinos que cobran jornales.

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