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La explicación estriba en la más antigua de las falacias económicas: la de la “suma cero”, que equivale a creer que no hay riqueza acumulada sino a expensas de la pobreza.

Carlos Rodríguez Braun
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El dibujante, humorista y escritor argentino Roberto Fontanarrosa ha probado durante décadas que rebosa de talento. Pero también es un seguidor acrítico del pensamiento único, que aplaude el control de la natalidad y el Protocolo de Kioto, y desvaría al sostener que la desigualdad genera la violencia. Remató su colección de tópicos deplorando la existencia de “una acumulación de riqueza absolutamente desproporcionada e irritante”.
 
Resulta muy notable que personas tan inteligentes no adviertan lo absurdo que resulta lamentar que la riqueza aumente, y piensen que el ideal es que no lo haga o que aumente poco, para que no resulte “desproporcionada e irritante”. En cualquier otro aspecto de la vida, desde la salud hasta el amor, seguramente a Fontanarrosa le parecerá que más es mejor que menos: ¿por qué no es así en el caso de la riqueza?
 
La explicación estriba en la más antigua de las falacias económicas: la de la “suma cero”, que equivale a creer que no hay riqueza acumulada sino a expensas de la pobreza.
 
Este disparate no resiste el menor análisis, pero numerosas personas lo creen y ha avalado la masiva intervención del Estado sobre los bienes de los ciudadanos con la excusa de la “justicia social”, versión moderna del lecho de Procusto que reina sin disputa a derecha e izquierda.
 
Podemos ser sanos o felices sin por ello ocasionar la enfermedad ni la desgracia de nadie. Pero para muchos es sospechoso que seamos ricos.

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