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Probablemente animado por el nuevo renacimiento de los más remotos atavismos antiliberales, el llamado “mundo de la cultura” ha aprovechado la Feria del Libro para volver a agitar una vieja consigna: el precio fijo de los libros. Como es habitual en la prédica antiliberal, el intervencionismo es presentado como la única alternativa a una catástrofe terrible, inminente y fácilmente evitable sin costes para nadie. Ahora el espantajo es: “¿Imaginamos un país sin librerías?” A cualquiera, incluso al liberal desalmado que firma estas líneas, se le encoge el corazón: ¡un país sin librerías, no, qué horror, hay que exigir a las autoridades que lo impidan!
           
Ante esta usual estrategia cabe preguntarse ¿cuál es exactamente el problema? La respuesta es: el consumidor se ve favorecido por la libre competencia. En efecto, el “problema” de los libreros no competitivos estriba en que hay tiendas que abren muchas horas, que abren los domingos y que para colmo ¡venden más baratos los libros! Por lo tanto, la “solución” es que no abran tanto y que el precio de los libros sea fijo, con los descuentos prohibidos.
           
Por supuesto, esta falsa “solución” es el viejo ardid de fastidiar al ciudadano para favorecer a un grupo de presión, que prefiere utilizar al poder político para bloquear la competencia, y eludir así el esfuerzo a que obliga siempre el mercado en bien de la comunidad: adaptarse para vender cosas buenas y baratas.
 

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