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Dijo Felipe González que el fin de la guerra fría ha dado lugar a “la ausencia de paradigma”, se quejó de “el becerro de oro del mercado sin reglas, tan caro al fundamentalismo neoliberal”, y llamó a “superar la necia demonización de la política”. Son tres tonterías.

En primer lugar, el fin de la guerra fría no dejó a todo el mundo desconcertado y sin paradigma: hizo eso sólo con los comunistas y los socialistas. Los primeros ya no pudieron eludir los crímenes brutales sobre los que se edificó su grandioso paraíso proletario. Y los segundos comprobaron que su más preciosa criatura, el Estado intervencionista y redistribuidor, hacía agua por los cuatro costados. Naturalmente, la izquierda se quedó sin paradigma, pero pensar que a todos nos sucedió lo mismo es llevar las identificaciones totalitarias demasiado lejos.

El liberalismo jamás ha dicho que el materialismo sea lo más importante y que sea menester adorarlo; otras ideologías, en cambio, coquetearon más con el materialismo. Y, por supuesto, creer que el liberalismo defiende el “mercado sin reglas” es no haber leído ni una línea de ningún liberal de ninguna época, desde Adam Smith hasta Anthony de Jasay.

Eso de la “demonización de la política” es otra frase bonita de la izquierda, que ha demonizado lo que no le gustaba sin reparos ni rubores. Cuando avanza la libertad y los “paradigmas” totalitarios entran en crisis, entonces los intervencionistas se declararan valientes defensores de la política frente a unos presuntos estaticidas que quieren destruirla. Otra vez, el liberalismo no se ha destacado por demonizar la política sino por exigirle límites. Otros, en cambio, la han divinizado, pensando que no era necesario exigírselos.

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