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El ex presidente ecuatoriano, Rodrigo Borja, afirmó que la globalización es “una estrategia de dominación de los grandes países para apoderarse de los mercados de todo el mundo”.
 
Lo primero a destacar aquí es la asociación de grande con rico, porque es evidente que a don Rodrigo lo que le preocupa son los países ricos, y por tanto grandes, y por tanto malos. Debería empezar a cambiar esa asociación, porque Brasil o la India son enormes pero no acaudalados, mientras que Suiza o Singapur son pequeños y opulentos. Dejemos aparcados de momento a los países pobres, que bastante tienen con procurar salir de la pobreza a pesar de sus gobiernos, y atendamos al argumento central del señor Borja: la voracidad de los ricos para “apoderarse” del mercado mundial.
 
Con sistemática frecuencia se insiste en que los países pobres son pobres porque hay otros países ricos que les quitan el dinero apoderándose de sus mercados. Esto es muy cuestionable. La globalización y los mercados abren más oportunidades para efectuar transacciones internacionales: veamos lo que hacen en la práctica los ciudadanos y las empresas concretas de los países adelantados cuando realizan esas transacciones. Si don Rodrigo Borja tuviera razón, los veríamos dándose codazos para invertir en Burundi o Etiopía, y así dominarlos y apoderarse de sus mercados.
 
No es así. Es justo al revés. Los ciudadanos de los países desarrollados no se desesperan por invertir en los subdesarrollados, donde normalmente los riesgos son muy grandes, por sus vaivenes económicos, políticos y jurídicos, como pudieron comprobar quienes compraron, por ejemplo, títulos de la deuda argentina. A donde invierten por regla general es en otros países avanzados, que son más seguros. Tal una razón de peso por la que son los ricos ricos y los pobres pobres.
 

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