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Adolfo Jiménez, líder de los llamados “trabajadores” de Sintel, declaró a propósito de su encantador compañero que le abrió la cabeza con un palo a José María Fidalgo: “Es un acto aislado, son circunstancias que no queremos que ocurran, pero este hombre está a punto de perder el paro y tiene dos hijos… la verdadera herida es dejar a 1.200 trabajadores en la calle”.

La expresión “acto aislado” transmite la noción de que, siendo aislado, no es tan condenable. Y cuando Jiménez entorna los ojos y dice “son circunstancias que no queremos que ocurran”, oculta que durante meses él y los suyos han amenazado a Fidalgo como responsable de sus inmensos males, y el secretario general de CC OO fue sistemáticamente insultado durante toda la manifestación del 1 de mayo. Al final, un gamberro le hace una brecha que lo manda al hospital, y Jiménez tiene la cara de asegurar que no quería que ocurriese.

A continuación hace entrar a la economía como justificación: “este hombre está a punto de perder el paro y tiene dos hijos”, con lo que es aparentemente lógico que vaya por ahí aporreando a los demás. Este viejo argumento da pie a cualquier tipo de violencia: así, se dijo que como había muchos pobres en el mundo, los tres mil trabajadores asesinados en las Torres Gemelas prácticamente se lo merecían.

Enlazando un camelo con otro, termina Jiménez: “la verdadera herida es dejar a 1.200 trabajadores en la calle”. ¡Ya hemos entendido! ¿Qué son dos puntos de sutura en la cabeza de Fidalgo comparados con 1.200 parados? Vamos, que el agresor es casi un santo. Recordemos al impar Caldera, que por un lado condenaba los ataques a cargos y militantes del PP, y por otro lado los comprendía porque ¿qué son unos huevos y unas piedras comparados con las bombas que matan niños en Irak? Abierta esa falaz puerta, no se puede cerrar. Lo que sí se puede es refutar ese lenguaje colectivista, que presume que alguien decide maltratar a unos señores porque sí, y que esos señores tienen por consiguiente un reparador “derecho” a cualquier cosa, y a nuestra costa.

Y lo que sí se puede es denunciar la demagogia de los de Sintel, privilegiados por el monopolio de Telefónica, que pagó durante años el pueblo; privilegiados por haber empleado sin castigo alguno la violencia contra el pueblo, usurpando durante meses el derecho de los ciudadanos a circular por la Castellana; privilegiados con unos acuerdos de subsidios y contratos que ya los querrían para sí el grueso de los trabajadores de verdad; y privilegiados por haber contado con el apoyo mentecato e ilimitado de sindicalistas, artistas, políticos y periodistas, fascinados con cualquier cosa que huela a demagogia antiliberal. Ahora quieren más privilegios, como que los recoloquen a todos juntos y en una empresa con ventas aseguradas. Y todo lo justifican por las “heridas” que sufren. Señor, qué disparate.

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