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se trata de negar racionalidad y libertad al ciudadano, de modo de justificar que el poder lo subyugue

Carlos Rodríguez Braun
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José Saramago insistió en la ficción conforme a la cual la política es débil frente a la economía: "¿cómo podemos seguir hablando de democracia si no tenemos los instrumentos para controlar a ese poder?".
 
Los Estados siguen siendo los monopolizadores de la violencia legítima, y son capaces de controlar y de hecho controlan a las empresas. Si no lo hacen hasta en el último detalle, si no las expropian totalmente –¿aplaudiría el Nobel portugués?- no es porque no puedan sino porque temen que ello redunde en menoscabo de su legitimidad. Tienen, así, todos los "instrumentos" que según Saramago no existen.
 
Y según Joan-Pere Viladecans no existe el consumidor racional: "Desde la televisión no tratan al ciudadano como tal, lo tratan como un cliente, o como si fuese un ser excepcionalmente imbécil. Son como aquellos malos tenderos que venden un género que es malo pero, si se lo compran…".
 
Esta es otra patraña tan antigua como la del bondadoso poder político domeñado por el odioso capital, que tanto anima a Saramago, y su explicación es similar: se trata de negar racionalidad y libertad al ciudadano, de modo de justificar que el poder lo subyugue. En efecto, si ser "cliente" –es decir, persona libre en sus transacciones- es comparable a ser "excepcionalmente imbécil", si los tenderos son estafadores que venden basura a unos inconscientes que la compran encantados sin vacilar, entonces el deber abnegado de la política es controlar, vigilar y limitar las decisiones, la libertad y el dinero de sus súbditos.

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