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Según el afamado escritor Eduardo Mendoza, “la declaración de la renta es el último momento de genuina intimidad que nos ofrece el prosaico mundo en que vivimos”.
 
La tesis contrasta con una tendencia evidente de la fiscalidad contemporánea: la negación de la intimidad de los ciudadanos. En un movimiento calurosamente aplaudido por el pensamiento único, el último siglo asistió a un crecimiento persistente de la tributación directa, considerada “justa” con el insólito argumento de que ¡no trata a la gente por igual!
 
Pero dejando aparte el asunto de la justicia, lo que no cabe afirmar en ningún caso es que sea una tributación que proteja la intimidad. Como ya percibió Adam Smith en 1776, es al revés; y uno de los argumentos de los economistas clásicos para recelar de la imposición directa fue precisamente que su recaudación exigía, como de hecho hemos visto que exige, no sólo una gran burocracia sino además una burocracia invasora de la intimidad de los ciudadanos.
 

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