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Carlos Rodríguez Braun

Jefes y consumidores

Lo escalofriante del asunto es que cuando sucede eso, cuando don Juan Antonio Sacaluga consigue sus elevados ideales, cuando no somos libres, cuando nos fuerzan a pagar, entonces, qué bueno, ya somos "ciudadanos".

Carlos Rodríguez Braun
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El director de cine Fernando Trueba definió así la democracia: "No es tanto poder elegir a un presidente cada cuatro años, sino poder echarlo. ¿Te imaginas poder echar al jefe de una empresa?". A Juan Antonio Sacaluga, director de "En portada" en La 2 de TVE, le gusta que la televisión pública nos trate como ciudadanos y no como consumidores.

Don Fernando acierta en la primera mitad de su frase: el reemplazo incruento de los gobernantes por medio de la participación popular es la clave original de la democracia. Podría, empero, haber pasado de allí a otros campos plausibles, como la crítica de las dictaduras o el recelo ante la espectacular ampliación de la política a través de la democracia. En vez de ello, realiza una comparación ilegítima y sólo explicable, precisamente, por la confusión de las lenguas derivada de dicha hipertrofia de la democracia.

Un jefe político no es el jefe de una empresa, porque el Estado no es una empresa: el Estado es la coacción legal, mientras que la empresa es producto de la libre iniciativa individual. Si no queremos pagar lo que una empresa vende, pues no compramos, no pagamos y no pasa nada. Somos libres ante las empresas. En cambio, no podemos elegir no darle el dinero a las Administraciones Públicas. Si no pagamos impuestos podemos acabar en la cárcel.

La misma falta de percepción de las diferencias entre el Estado y la sociedad afecta a don Juan Antonio Sacaluga, a quien le parece mal tratar a las personas como consumidores. Pero los consumidores son personas libres, que por definición eligen consumir algunas cosas y no otras, y nadie puede obligarlos a comprar lo que no quieren. Esto es la libertad, algo que al parecer disgusta al señor Sacaluga, porque no le agradan los consumidores, con lo cual deducimos que lo que en realidad prefiere no es que la gente sea libre sino que sea obligada a pagar, es decir, exactamente lo que hacemos con las televisiones públicas. Lo escalofriante del asunto es que cuando sucede eso, cuando don Juan Antonio Sacaluga consigue sus elevados ideales, cuando no somos libres, cuando nos fuerzan a pagar, entonces, qué bueno, ya somos "ciudadanos".

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