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Carlos Rodríguez Braun

Los pactos políticos no liberan a los pobres

Es un lenguaje cálidamente tribal el que añora la sociedad cohesionada, como importara eso más que la sociedad libre. Y es una audacia pensar que la sociedad no puede cohesionarse sola, sin necesidad de la coacción política

Carlos Rodríguez Braun
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Enrique V. Iglesias, secretario general iberoamericano, pidió en ABC “un pacto por la cohesión social en América Latina”. Cree que como hay pobres se necesitan pactos políticos: “las sociedades más equitativas suelen tener tasas de crecimiento más altas y estables, y la mayor participación económica, social y política de los grupos antes excluidos fortalece el sentimiento de pertenencia a la sociedad y la gobernabilidad”.
 
Es un lenguaje cálidamente tribal el que añora la sociedad cohesionada, como importara eso más que la sociedad libre. Y es una audacia pensar que la sociedad no puede cohesionarse sola, sin necesidad de la coacción política; y don Enrique habla de política, sin concebir a los ciudadanos en libertad sino sometidos a abnegados pactos urdidos por políticos y funcionarios preclaros.
 
Su declaración incluye tres ideas de veracidad más que dudosa. En primer lugar, no es cierto que las sociedades más intervenidas son más equitativas, salvo que se suponga que más intervención es más equidad, con lo cual no hemos resuelto gran cosa. En segundo lugar, tampoco es cierto que los pactos políticos generen tasas de crecimiento “altas y estables” –en la España de los sesenta esas tasas fueron más altas y estables que después, cuando vinieron los acuerdos políticos democráticos.
 
En tercer lugar, tampoco es cierto que las sociedades intervenidas incrementen la participación de ciudadanos que, al haber sido antes “excluidos”, promueven el consenso pacífico, salvo que se crea que más intervención es más participación y menos exclusión, con lo cual tampoco hemos resuelto nada. Esta tercera idea apunta al viejo camelo de que el capitalismo fue salvado porque el intervencionismo del Estado lo socializó: es un alimento habitual de las fantasías políticamente correctas de todo el abanico político. Como ironiza Anthony de Jasay: el Estado salvó al capitalismo, pero por si acaso nunca le preguntó si quería ser salvado.

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