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Carlos Rodríguez Braun

Malditos roedores

Aquí se observa un disparate clásico del pensamiento único, que sostiene que la política sólo tiene virtudes, nunca defectos, sólo resuelve problemas, nunca los crea.

Carlos Rodríguez Braun
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La ministra de Vivienda, María Antonia Trujillo, entrevistada en la revista Escritura Pública, abominó de los “ultraconservadores” y “ultraliberales”, demostrando una vez más su afición al conveniente deporte de la etiqueta. Doña María Antonia, presa de la arrogante confusión de creer que una etiqueta es un argumento, sostuvo que el mercado “olvida que hay desigualdad entre los oferentes de suelo y los demandantes de éste, de modo que no hay libertad sino oligopolio”, y la liberación del suelo sólo beneficiaria a los “especuladores”. Malditos roedores.
 
Veamos, señora ministra, los oferentes y demandantes de los conciertos de Serrat son terriblemente desiguales, y los oferentes y demandantes de las piernas de Inés Sastre o de Ronaldo también. ¿Qué hacemos? Según doña María Antonia, el Estado debería intervenir, porque no hay allí libertad sino oligopolios o incluso monopolios: ¿quién puede dar un concierto de Serrat que no sea Serrat? ¿es también él un maldito especulador?
 
Subrayaría la excelentísima ministra que una cosa son los conciertos de Serrat y otra cosa es la vivienda: “es deber del Estado intervenir en el campo de las necesidades vitales de los ciudadanos y la vivienda es una necesidad vital”, y asimismo “sin un control de los poderes públicos, el suelo saldrá al mercado con la cadencia que impongan sus poseedores”.
 
Aquí se observa un disparate clásico del pensamiento único, que sostiene que la política sólo tiene virtudes, nunca defectos, sólo resuelve problemas, nunca los crea. Los ciudadanos y empresarios y propietarios privados son los malos, y los políticos son buenos. Se sugiere que si el suelo es propiedad privada su oferta estará limitada, como si los propietarios nunca hicieran caso de la demanda, como si se dedicaran caprichosa y malévolamente a restringir la oferta, como si Serrat no hubiese seguido cantando tras nada menos que un cáncer, y como si la oferta pudiera multiplicarse indefinidamente y sin coste si la propiedad del suelo es pública.
 
Y, por supuesto, a doña María Antonia ni se le ocurre que los ciudadanos puedan integrar entre sus “necesidades vitales” minucias tales como la libertad o la necesidad de conservar el fruto de su trabajo.

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