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Reducir el hambre puede ser un noble objetivo de individuos solidarios, pero no es un objetivo de una sociedad avanzada, que carece de ellos; sólo las hordas tienen objetivos comunes.

Carlos Rodríguez Braun
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Juan José Tamayo condenó “la monocultura productivista de la ortodoxia capitalista, que prioriza los objetivos de la acumulación sobre los de la distribución”. También desde el campo de la mal llamada Teología de la Liberación proclamó Pedro Casaldáliga: “no aceptamos esa sociedad oficial que reduce la vida humana al mercado, o en el mejor de los casos, se propone el objetivo, siempre aplazado, de reducir el hambre a la mitad”.

Según Tamayo el capitalismo tiene objetivos, y además son malos. Lo bueno, por tanto, es tener otros objetivos, no acumular con codicia sino distribuir con generosidad. Aquí hay de entrada un fallo lógico, porque toda acumulación distribuye: no hay forma de acumular sin distribuir. Lo que sucede es que si hay capitalismo la distribución depende de contratos voluntarios. Si no hay capitalismo, la distribución depende de mecanismos coactivos. Que estos mecanismos sean superiores a la libertad es algo que don Juan José da por supuesto, pero que debería demostrar.

Tampoco es evidente eso de don Pedro Casaldáliga de reducir la vida al mercado. La clave del mercado es que no reduce a nadie a nada, porque en los mercados podemos participar o no; participamos si, ponderando costes y beneficios, nos conviene, y nadie nos obliga a hacerlo. Otra vez, si a don Pedro le parece mejor una sociedad que obligue, o sea, una sociedad sin mercado, debería demostrarlo.

Y lo más llamativo es lo de los objetivos, porque una característica crucial de las sociedades libres es que, al revés de las tribus, no tienen objetivos comunes. Tienen reglas comunes, nada más. Respetando esas reglas, cada cual es libre de perseguir los objetivos que quiera. Reducir el hambre puede ser un noble objetivo de individuos solidarios, pero no es un objetivo de una sociedad avanzada, que carece de ellos; sólo las hordas tienen objetivos comunes. Ahora bien, precisamente cuando las sociedades dejaron de ser hordas que buscaban colectivamente resolver el hambre, cuando no se plantearon objetivos sino que garantizaron la libertad de sus integrantes para perseguirlos, fue entonces cuando el hambre, compañera de la mayoría de la humanidad desde que hay memoria, empezó a quedar atrás y a circunscribirse a un porcentaje cada vez menor de la población mundial.

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