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El distinguido periodista Vicente Verdú sentenció: “Ha terminado aquella distinción entre mi mundo y el mundo empresarial. Sólo hay un mundo encerrado en el absoluto poder del capital”. Tiene toda la razón, la ola de liberalismo que nos invade ya no tiene límites. La última prueba de la voraz rapiña neoliberal es que los políticos han decidido obligar a los contribuyentes a pagar con sus impuestos ¡el hipódromo de Madrid!

Es que, claro, como apuntaron José María Fidalgo y Cándido Méndez a propósito de los trabajadores de Antena 3, deben primar “los derechos laborales y sociales frente a los intereses puramente económicos”. Apasionante argumento, tan interesante como el esgrimido por los políticos, asquerosos liberales, para forzar a ciudadanos y empresas a financiar algo tan crucial y estratégico como el hipódromo madrileño: su “reflotamiento” con dinero público “creará” empleo. No se mencionaron ni el hundimiento del contribuyente ni la destrucción de puestos de trabajo que semejante transferencia coactiva ocasionará en el sector privado.

La posible privatización futura del hipódromo fue valientemente condenada por Trinidad Jiménez –es “un error”, aseguró- y también por Inés Sabanés, preclara líder de Izquierda Unida, según la cual la rentabilidad del hipódromo nunca puede ser una “prioridad”. Ella sí que sabe lo que es prioritario, y piensa promoverlo con el dinero de los demás.

Cuánta razón tenía Vicente Verdú: estamos completamente en manos del capital. Peste de liberalismo.

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