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Ante una entregada María Luisa Blanco, que lo entrevistó para El País sin una sola pregunta incómoda y sin salirse del guión del pensamiento único, José Saramago repitió viejas consignas anticapitalistas y culpó a las empresas de todos los males. Me concentraré sólo en uno de sus múltiples disparates, cuando preguntó retóricamente: “¿cree que son los gobiernos los que han inventando la precariedad del empleo?”.
 
La ideología puede bloquear la comprensión de los fenómenos más lineales. Pensar que los siniestros capitalistas se aliaron para arrancar a dóciles y empequeñecidas autoridades políticas su “invento” del empleo precario es torcer la realidad hasta ahogarla sin remedio. Fueron efectivamente los políticos y los legisladores los que “inventaron” el empleo precario, entre otras cosas para reducir el paro que ellos mismos habían provocado merced a la rigidez y coste de los contratos fijos.
 
Conste que no estoy diciendo que los empresarios sean liberales: sabemos al menos desde Adam Smith que no lo son. Pero pensar que lo que más les conviene son los empleos precarios, y no los empleos fijos con cláusulas de despido libremente pactadas, parece equivocado. Y pensar, como hace Saramago, que la política no manda sino que es esclava de la economía, es un despropósito.
 

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