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Carlos Rodríguez Braun

Sánchez Gordillo y el milagro de las casas baratas

Las consecuencias de esta variante extrema del socialismo se repitieron a lo largo del siglo en todo el mundo comunista, de Moscú a La Habana: deterioro de las viviendas, hacinamiento, pobreza, desabastecimiento, corrupción.

Carlos Rodríguez Braun
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Leo en El Mundo Andalucía una entrevista con Juan Manuel Sánchez Gordillo, el sempiterno alcalde de Marinaleda. En un momento dado el periodista Eduardo del Campo le pregunta con qué cartera se quedaría si formase parte de un Gobierno. Esta fue la respuesta: "Me gustaría encargarme de la vivienda. Si el suelo fuera público, inespeculable, y se hiciera vivienda pública, se abarataría un 75%". Pero yo pregunto: ¿por qué no abaratar la vivienda aún más?

En efecto, si la coacción política y legislativa acaba con la propiedad privada de suelos y casas ¿Por qué no convertir la vivienda en gratuita? ¿O no es acaso un "derecho"?

Esta es la idea totalitaria fundamental del alcalde, que jamás ha ocultado sus planteamientos demagógicos y antiliberales: "la tierra no es de nadie... no es una mercancía sino un derecho de los pueblos". Hace años ya se le ocurrió repartir casas a 15 euros por mes. Si se expropia y se subvenciona, cualquier precio de cualquier cosa puede ser reducido hasta cero.

Lógicamente, el señor Sánchez Gordillo no es Dios y por tanto carece de aptitudes milagrosas. Puede manipular los precios, pero no puede impedir que eso tenga consecuencias.

El intervencionismo en la vivienda es aún más antiguo que los gobiernos socialistas y comunistas, y prueba una vez más que el siglo XIX, considerado paradigmáticamente liberal, no lo fue, porque la semilla antiliberal fue sembrada entonces. En España, por ejemplo, el Instituto de Reformas Sociales nace en 1903, y muy pronto acometió el marco legal de la vivienda subvencionada, que se concretó en la primera ley de "casas baratas" de 1911. En toda Europa los políticos de todos los partidos y tendencias se lanzaban en esos años a hacer lo mismo.

Cuando el socialismo conquista el poder en Rusia en 1917, emprende una campaña de aniquilación de la propiedad privada, que fue la norma de todas las dictaduras comunistas: no había libertad, pero los trabajadores tenían casa "gratis". Las consecuencias de esta variante extrema del socialismo se repitieron a lo largo del siglo en todo el mundo comunista, de Moscú a La Habana: deterioro de las viviendas, hacinamiento, pobreza, desabastecimiento, corrupción.

En los países democráticos el intervencionismo no fue completo, y la propiedad privada se respetó en parte. Por eso la miseria no fue general, como en el mundo comunista. Pero las políticas intervencionistas tuvieron también consecuencias nocivas, tales como la subida de impuestos y el encarecimiento de la mayoría de las viviendas, que son de precio no regulado. Estos costes no inquietan nada al señor Gordillo, porque, típicamente, él sólo ve un lado de la cuestión, los precios controlados, y no sus consecuencias.

Muestra de su asimetría es que declara estar en contra de la "concentración de la propiedad", lo que es falso, porque la única propiedad cuya concentración le irrita es, naturalmente, la propiedad privada de mujeres y hombres libres.

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