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El célebre y siempre afligido José Saramago arremetió contra el correo electrónico, porque “nunca puede ir acompañado de emociones”. Una antigua consigna de los enemigos de la libertad es oponerse a la tecnología –que con todos los matices que se quiera es siempre una fuerza liberal– y negar su impacto benéfico en el progreso económico y social.

La generalización del correo electrónico es uno de los adelantos más espectaculares de la historia de la comunicación humana, que ha congregado de manera simultánea diversas variables que en otros casos –por ejemplo, el teléfono– no se dieron casi al mismo tiempo. En muy pocos años, en efecto, la extensión del correo electrónico ha venido facilitada no sólo porque es un método rápido y sencillo de comunicarse, sino porque es individual, privado y asombrosamente barato.

En cuanto a que los emails no pueden venir acompañados de emociones, es una bobada que también se repite desde los primeros gateos del avance tecnológico. Claro que uno puede comunicar emociones a través del correo electrónico, igual que puede uno hacerlo a través de internet. ¿O no es acaso emocionante leer en la web los lamentos de don José, que jamás incluyen ni la más mínima crítica a las dictaduras comunistas, esas que –para cuidar las emociones, claro– censuran la internet y prohíben las antenas parabólicas?

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