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Carlos Rodríguez Braun

Seductora, caprichosa, patética

Al pensador y al periodista parece habérseles escapado el hecho de que esa cola no es como la del DNI o el Pasaporte o la DGT o la Agencia Tributaria, todas colas que los ciudadanos estamos forzados a hacer. La del iPhone no es obligatoria.

Carlos Rodríguez Braun
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Varias ideas económicas hostiles al mercado aparecieron en la entrevista que David Barba le hizo a José Antonio Marina en La Razón. Subrayaré tres, por la relevancia que tiene el que las haya expresado el entrevistador con aún más énfasis que el entrevistado.

Una primera idea que plantea el periodista es: "Seducir es el mantra de nuestra sociedad mercantil". Es un comentario que no elogia dicha sociedad, sino más bien al contrario, como queda claro a continuación. Marina apunta que en la sociedad de consumo satisfacemos algo más que necesidades básicas, ante lo cual Barba interrumpe: "¿Caprichos para todos?". El pensador entonces responde comentando sobre las necesidades creadas o artificiales y le pone un ejemplo: la gente que hace cola para comprar el iPhone. El periodista entonces asiente y clama: "¡Patético!".

La seducción del mercado es vista como negativa y tramposa. Pero la característica del mercado es que no puede vencer, no puede forzar ni obligar, debe convencer. Y para ello, claro está, busca atraer al cliente con ofertas atractivas. Quizá podrían periodistas y filósofos reflexionar sobre qué sucede cuando no hay sociedades mercantiles: se impone en tales casos la coacción política, no el acuerdo entre partes contratantes voluntarias. Es verdad que la política también seduce, pero no es para convencer sino para finalmente obligar a todos. No es lo mismo.

Y no es lo mismo comprar por encima de nuestras necesidades básicas que ser extravagantes y arbitrarios. Si partimos de la base de que todo lo que compramos autónomamente y no es imprescindible es un capricho, estamos abriendo la puerta para que la coacción política y legislativa obstruya nuestra autonomía e imponga su decisión, supuestamente racional, a la nuestra, supuestamente irracional. Convendrán Marina y Barba que esto sería algo triste.

Porque lo triste no es que la gente haga cola para comprar un producto nuevo, bonito y útil como el iPhone. Al pensador y al periodista parece habérseles escapado el hecho de que esa cola no es como la del DNI o el Pasaporte o la DGT o la Agencia Tributaria, todas colas que los ciudadanos estamos forzados a hacer. La del iPhone no es obligatoria.

En suma, parece que lo que David Barba y José Antonio Marina juzgan como tramposa, caprichosa y patética es la libertad.

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