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La celebración del Primero de Mayo ha vuelto a mostrar la faz más ridícula del intervencionismo: su pretensión de encarnar la bondad. Ampliamente saludados por los medios de comunicación, los sindicalistas han reiterado su santidad, porque ellos “protegen” los “derechos” de los trabajadores, y el “bienestar social”. Exigió cándido Cándido Méndez: “queremos una Europa más social”.

Esta Europa social es el continente del paro, y sin embargo nadie reprocha a los sindicalistas el pedir una cosa y la contraria: al reclamar más empleo y más “protección” simulan impecable santidad, cuando en realidad el intervencionismo que propician es precisamente lo que provoca al paro que deploran.

Nadie dice ni una palabra de esta contradicción ni de la ideología cavernícola que esgrimen los sindicalistas, y por supuesto menos aún de sus incontables privilegios. No se trata sólo de los privilegios legales y económicos, de sus liberados y sus subsidios, sino también de la insólita circunstancia de que pueden violar la ley descaradamente, como se vio en la reciente huelga de transportes en Madrid, sin que les pase nada. Es que son unos santos.

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