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La riqueza no causa la pobreza: si lo hiciera, el mundo jamás habría registrado un aumento de la prosperidad.

Carlos Rodríguez Braun
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El dibujante Romeu mostró a su clásico personaje de derechas (hombre, traje, corbata), que dice: “¿Demasiados pobres? ¿Y de dónde te crees tú que sacamos los cuartos los demasiado ricos?”

Antigua falacia económica es esta idea de la suma cero, de que no puede haber riqueza sino a consecuencia de la pobreza. A ella se conecta también la moralina que lamenta la riqueza, como si fuera mala de por sí, o mala más allá de un umbral determinado. Así, no hay ningún problema si uno es muy generoso, fuerte, sano o diestro. Es más, no se puede ser “demasiado sano” o “demasiado generoso”. En cambio, sí se puede ser demasiado rico, y eso es muy malo porque se establece una relación entre dicho exceso y una simétrica miseria.

Es completamente absurdo. La riqueza no causa la pobreza: si lo hiciera, el mundo jamás habría registrado un aumento de la prosperidad. Los ricos no generan males, y la “desigualdad” no es más que la excusa para arrebatar a todos los ciudadanos su libertad y sus bienes.

Los grandes economistas también perpetran cálculos apresurados o arrogantes. Es el caso del premio Nobel J.Stiglitz, darling del pensamiento único, que criticó esta semana el apoyo brindado por Greenspan a la reducción de impuestos de Bush Jr., una medida que “al dirigir los recortes a los estadounidenses de ingresos altos, generó pocos estímulos económicos”. Ambas afirmaciones son cuestionables. Por un lado, no parece que sólo los muy opulentos se hayan beneficiado de dicha rebaja fiscal. Y por otro lado, es razonable pensar que esa medida tiene algo que ver con la prolongación de la fase expansiva del ciclo económico norteamericano.

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