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Al pensamiento único intervencionista le faltan muchas cosas, por ejemplo, le falta razón, pero en cambio le sobran tribunas desde donde proclamar sus errores. Es el caso de Susan George, aclamada filósofa, analista política y “experta en globalización”, e idolatrada por la izquierda y los medios de comunicación, dijo en una amplia entrevista en El País: “El crecimiento económico tiene límites y el neoliberalismo no puede acoger a los 7.000 millones de personas que se esperan en el año 2020”.

Lo declaró a propósito de un libro que acaba de publicar, editado por Intermón, lo que da pie a exigir de inmediato la supresión de todas las subvenciones a las ONGs, si las utilizan para que George pueda asegurar que el “poder económico trata de librarse de todos aquellos que no contribuyen a consolidar la economía, eliminando a los que sobran” y también que la globalización es “una ofensiva en curso para que el mercado sustituya al contrato social”.

Todo este lenguaje apesta a naftalina intervencionista. Lo de los “límites del crecimiento” es una vieja bobada del Club de Roma y las Naciones Unidas, por la que, por cierto, jamás han pedido disculpas, como tampoco han solicitado perdón por sus erradas predicciones, entre ellas las demográficas: ¿o no dijeron hace poco que iba a haber 10.000 millones de personas en el año 2000?

Susan George tiene un esquema mental contradictorio con el Estado de Derecho, y por eso cree que hay alguien que estipula o debe estipular cuánto ha de ser el crecimiento económico, o que debe “acoger” a tantos habitantes, como si esto fuera una tribu. También es absurda la idea de un poder económico que excluye a los que “sobran”: eso también encaja con el mundo de las hordas primitivas, o del comunismo contemporáneo. Susan George no entiende por qué es buena la riqueza y de hecho no entiende por qué hay riqueza, por qué las sociedades abiertas comportan transacciones en el mercado que no son juegos de suma cero, es decir, que no significan que alguien se empobrezca porque otro se enriquezca.

La idea de que el mercado sustituye al contrato social es reveladora. En el mercado la gente establece acuerdos libremente: es muy interesante que a Susan George esta perspectiva le estremezca y quiera reemplazarla por otra cosa. Esa otra cosa sólo puede significar un contrato “social” cuyo firmante no sea la sociedad, no sean los ciudadanos libres.

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