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revelador resulta que se considere que si los ciudadanos son forzados a pagar las cotizaciones de la Seguridad Social, eso es estupendo, pero si son libres de ahorrar para su pensión, eso es “depredador”

Carlos Rodríguez Braun
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Detecté tres perlas esta semana en El País: la Cámara de Comercio de Barcelona “representa a más de 300.000 empresas”; Manuel Rivas lamentó que Greenspan haya apoyado “el proyecto depredador de Bush de privatizar las pensiones”; y Eduardo Haro Tecglen explicó el terrorismo porque “los países hambrientos utilizan la forma violenta para agarrar comida”.
 
Las Cámaras de Comercio en España no “representan” a nadie, por la sencilla razón de que las empresas están obligadas por ley a pagar sus cuotas. Este pequeño detalle pasa desapercibido, lo que resulta revelador, como revelador resulta que se considere que si los ciudadanos son forzados a pagar las cotizaciones de la Seguridad Social, eso es estupendo, pero si son libres de ahorrar para su pensión, eso es “depredador”.
 
Lo de Haro Tecglen es poco original, puesto que en el pensamiento único está muy arraigada la ficción de que la pobreza se debe a un acto de violencia exógeno. (Obsérvese que la idea de la violencia derivada de la sociedad, y cuya solución por tanto requiere la coacción política, está muy extendida: escuché hace poco que hay que dejar de hablar de accidentes de tráfico para hablar de “violencia vial”.) Tan arraigada está, que cuando aparece el terrorismo se propaga la extravagancia de que es objetivamente provocado por alguna necesidad. Ahora bien, los terroristas no son pobres. El hambre no tiene nada que ver con el terrorismo. Pero los bienpensantes como Eduardo Haro Tecglen ven, por ejemplo, a unos señores de clase media asesinar a miles de personas en Nueva York, organizados por un multimillonario de un país rico, y concluyen que son hambrientos que actúan sólo para “agarrar comida”.

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