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Don Federico parece cultivar la ficción de la asimetría de la naturaleza humana: deshonesta, miope y turbia en el mercado pero sabia y angelical fuera de él.

Carlos Rodríguez Braun
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Desprendido favorecedor de esta columna, recetó muy serio Federico Mayor Zaragoza: "Se requiere una economía basada en puntos de referencia éticos…y no guiada por los miopes y con frecuencia turbios designios del mercado".
 
El mercado no lo pueblan santos sino seres humanos, siempre imperfectos y en algunos casos, claro que sí, faltos de ética y con designios miopes y turbios. Pero en su mayor parte no son así, porque siendo los mercados confluencias de tratos y contratos voluntarios de personas libres, simplemente no podrían existir si primara allí la inmoralidad sistemática.
 
Don Federico parece cultivar la ficción de la asimetría de la naturaleza humana: deshonesta, miope y turbia en el mercado pero sabia y angelical fuera de él. Así se explica que pretenda basar la economía en una moral no mercantil, es decir, política –de ese mundo de las burocracias internacionales y los lobbies donde él se mueve como pez en el agua y donde no detecta señales sospechosas. Acto seguido, da con la solución: la economía del "conocimiento", que se conseguirá (¿no lo adivina usted?) obligando a la gente a pagar "un fondo europeo para el fomento de la investigación". Y ha hecho los cálculos: "para conseguir el impacto necesario el gobierno deberá contar con una cantidad anual de al menos dos mil millones de euros".
 
Pues ya está garantizada la ética. Todo irá bien, el arrebatarles a los ciudadanos ese torrente de millones sólo tendrá efectos plausibles y, naturalmente, superaremos los "miopes y con frecuencia turbios designios del mercado".

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