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Carlos Rodríguez Braun

Vanidad recaudatoria

La visión instrumental del Estado campea a sus anchas. Aquí dan lo mismo los partidos y las ideologías, porque todo el mundo piensa que el Estado es un medio, es un artefacto inerte, a ser utilizado para conseguir objetivos colectivos plausibles.

Carlos Rodríguez Braun
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Leo en ABC que Obama piensa gravar con un impuesto especial del 5% todos los procedimientos de cirugía estética: es el llamado "IVA del botox", pero que en realidad no incrementará solamente el coste de esas inyecciones sino además el de los blanqueamientos dentales, los liftings y la depilación laser. Según el periódico se trata de "un impuesto para la vanidad".

La visión instrumental del Estado campea a sus anchas. Aquí dan lo mismo los partidos y las ideologías, porque todo el mundo piensa que el Estado es un medio, es un artefacto inerte, a ser utilizado para conseguir objetivos colectivos plausibles. Así, por ejemplo, Gallardón sube los impuestos para satisfacer toda clase de demandas sociales –bueno, toda clase menos una: la demanda social de no pagar más impuestos. Y los progresistas de todos los partidos están más que dispuestos a emprender incursiones punitivas contra las carteras de sus súbditos para proteger a los parados –que ellos mismos crean con sus medidas intervencionistas– y para luchar contra múltiples males, desde la pobreza hasta el apocalipsis climático.

Siempre se piensa que el poder grava por alguna razón exógena a él mismo, que al ser en general incuestionable desmonta por definición las críticas. Porque, a ver: ¿quién va a estar a favor de aumentar la pobreza?

De ahí los llamados impuestos "contra el pecado", como los que encarecen el alcohol y el tabaco, o la prohibición de las drogas, una suerte de impuesto infinito. Lo de Obama es una variante de esta tributación ética, porque nadie en su sano juicio defenderá la vanidad, la arrogancia y la presunción.

En todo esto hay varios puntos oscuros. Alguien podría plantear que la decisión de operarse con cirugía estética no es reprochable de por sí, y desde luego el Estado no es quién para castigar con especial voracidad fiscal a quien libremente decide hacerlo. Cabría añadir que blanquearse los dientes o depilarse no sólo no es vanidad perversa sino que resulta amigable para quienes contemplan a las personas acicaladas con tales afeites o aderezos quirúrgicos.

Pero sea ello como fuere, lo más notable es que nadie parece pensar en la razón última por la cual las Administraciones Públicas cobran impuestos. Asombrosamente, les adjudicamos un amplio abanico de metas ¡pero nunca pensamos que igual tienen el propósito de recaudar!

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