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El islam ha impuesto su ley en varios suburbios franceses. Y el Plan Suburbios de la ministra Fadela Amara no resolverá nada, porque ni siquiera tiene en cuenta el problema del islam y muy poco el del tráfico de drogas.

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Hace unos días –o más bien noches–, los bachilleres organizaron una fiesta en los jardines del Champ de Mars, junto a la Torre Eiffel, para festejar su éxito –éxito muy relativo, su diploma no pasa de ser papel mojado– cuando fueron agredidos a porrazo limpio por jóvenes bárbaros venidos de los suburbios "difíciles". Ese incidente, como la agresión antisemita contra el joven Rudy, ponen de manifiesto que la seguridad sigue siendo un problema por más que las autoridades, los políticos y la mayoría de los medios prefieran la política de la avestruz; si nos tapamos los ojos ante un problema, este desaparecerá.

Un poco de historia: los graves disturbios ocurridos en otoño de 2005 por toda Francia tenían dos objetivos: proteger los territorios de las bandas, en los que trafican con drogas, y demostrar la fuerza del islam. Objetivos logrados, sobre todo el segundo. Se toman medidas contra los traficantes, hay arrestos, pero el tráfico sigue prosperando, y la fuerza del islam ha crecido. Desde 2005 los "incidentes" violentos han continuado, más localizados por ahora, pero también más violentos, incluyendo hasta disparos contra la policía.

Pero hay aspectos de esta invasión de los que se habla aún menos. Los musulmanes –sus líderes– se sienten lo suficientemente fuertes como para exigir que las piscinas, polideportivos, estadios, etc. estén prohibidos a los varones cuando las chicas hacen deporte. No se limitan sólo a esto, pues en las cantinas escolares quieren imponer una alimentación musulmana (Halal) y prohíben que los médicos varones cuiden a las mujeres musulmanas, sobre todo en casos de embarazo y parto. Exigen asimismo subvenciones para construir más mezquitas y lugares de culto. La invasión.

Por lo general, los alcaldes y demás autoridades aceptan a la chita callando todas esas exigencias para no tener líos, por miedo a disturbios e incendios criminales, dado lo mucho que se asustaron en 2005 y se continuaron asustando después. Pero, pese a esa cobarde omertá, algunas asociaciones deportivas, algunos concejales e incluso algún alcalde, como Manuel Valls en Evry, o ciudadanos de a pie, protestan recordando la ley republicana que dicta, por ejemplo, que las piscinas municipales y los estadios son lugares públicos, abiertos a todos, todos los días. Se niegan, en una palabra, a aceptar la ley musulmana en Francia.

Pero siguen siendo una minoría, porque casi todos ceden en silencio por miedo a los disturbios violentos. El islam ha impuesto su ley en varios suburbios franceses. Y el Plan Suburbios de la ministra Fadela Amara no resolverá nada, porque ni siquiera tiene en cuenta el problema del islam y muy poco el del tráfico de drogas.

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