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¿Quién teme a Celine?

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Para explicar el reciente fenómeno Celine, hay que tener en cuenta por lo menos dos cosas: como en la moda femenina, la moda literaria redescubre cíclicamente autores semiolvidados. Esto ocurre generalmente en torno a aniversarios, nacimiento o muerte del escritor. A esta manía bastante desagradable, se añade en este caso, las exigencias del pensamiento único, que yo calificaría más bien de censura implícita, y que lo domina todo, desde los libros de texto, a la televisión, pasando por las editoriales y los periódicos, todo, vaya, y que pretende imponer la idea imbécil de que los grandes escritores, fueron o son, todos, sin excepción, buenos, progresistas, y a fin de cuentas, políticamente correctos.

Esta operación de lavado de cerebro resultaba difícil con un personaje como Louis-Ferdinand Celine, pues hasta eso hemos llegado. Un libro de conversaciones con su viuda, Lucette Destouches (verdadero apellido del escritor), ha bastado para que se reanudara esta operación de limpieza tétrica. Esta buena señora anciana, que amaba mucho a su marido –a veces también ocurre–, nos dice que éste, en los últimos años de su vida, lamentó su apoyo al nazismo y sufrió retrospectivamente por el genocidio de judíos en los campos de exterminio nazis. Yo entiendo perfectamente que una viuda quiera salvar al máximo la imagen de su difunto esposo, quien, probablemente, se portó bien con ella, con su gato Bebert (me encantan los gatos), con algunos vecinos y con sus pacientes, ya que era médico, pero resulta que es mentira.

Mentira también es el libro del hijo de Beria, intentando presentar al monstruo de su padre como un hombre bueno y un dirigente comunista moderado y reformista. Claro, nadie ha llegado al cretinismo integral de Joaquín Leguina, declarando, hace pocos años, que Celine fue resistente, y que su antisemitismo “de boquilla” se debía a que la mujer que amaba –antes de Lucette–, se había casado con un judío. Pues resulta que la vida de Celine se conoce perfectamente, no hay misterio, no fue Tierno Galván, se sabe, por ejemplo, que durante la ocupación nazi de Francia, no sólo escribió tremendos panfletos antisemitas, exigiendo la muerte de los judíos, sino que él mismo denunciba ante las autoridades de ocupación nazi a los judíos que, en las editoriales, la Universidad, la prensa, etc, habían escapado a la deportación, exigiendo que se les deportara.

Con la derrota del nazifascismo, Celine, su mujer y su gato, huyeron como pudieron hasta Dinamarca. En donde, dicho sea de paso, pero ¡vaya paso!, el rey fue el único jefe de Estado europeo en declarar a los nazis que no toleraría que los judíos en su país fueran perseguidos y que si imponían la estrella amarilla, el primero en ponérsela sería él, y los nazis se rajaron. Más tarde, Celine fue amnistiado y volvió a Francia, a su casa de Meudon, concedió entrevistas a la prensa y televisión y jamás se arrepintió, al revés, si eludía públicamente los temas políticos y raciales, en conversaciones privadas, pero luego publicadas, se mostraba tan profundamente pesimista y antisemita como siempre.

Y, sin embargo, fue un gran novelista. Digo novelista, adrede, porque sus panfletos antisemitas, o lo que he podido leer, ya que siguen censurados, no sólo me repelen, sino que no me interesan literariamente. Trotski, que le prefería a Malraux –el estalinismo de éste desempeñaba, seguro, un papel en los juicios del “viejo”– comienza con una hermosa frase su artículo sobre Celine en Literatura y Revolución: “Celine ha entrado en la gran literatura con la facilidad con la que otros entran en sus propias casas”. Hablaba de Voyage au bout de la nuit.

Todo esto para denunciar esa concepción, no sólo errónea, sino horrenda, según la cual, los “malos” no pueden escribir “bien”. No caeré en el extremo contrario, afirmando que el satanismo es la condición indispensable del genio, afirmo sencillamente que ambas cosas pueden compaginarse en un escritor, con magníficos resultados.

Está visto que la mejor película del Festival de Cannes, ha sido el astuto robo de las joyas de la viuda del señor Bouygues, algo así como un Polanco francés, con, además, hormigón y cemento. El valor de esas joyas sería de unos 50 millones de pesetas. Una colilla para Polanco. En política, todo se resume a : “Sin novedad en el frente”.

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