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Agresión a Rajoy: no es el fin, sino sólo un escalón más

El cretino descerebrado de Pontevedra sólo se ha saltado un par de escalones en la espiral de violencia que otros llevan años construyendo pacientemente.

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La brutal agresión que ha sufrido Mariano Rajoy ha suscitado el rechazo unánime de todos los partidos políticos y de la mayor parte de los usuarios de las redes sociales –excepción hecha del grupito de irreductibles a la izquierda de todo que son lo peor de lo peor, claro–, pero muchos de los que ahora condenan llevan años generando el ambiente que ha hecho posible esto.

Si llamas a tus rivales políticos "criminales", dices que son "asesinos" o les acusas de haber provocado miles de muertos y de suicidios, que luego te sorprendas cuando un imbécil o un tarado deciden tomarse la justicia por su mano tiene un nombre: hipocresía.

Lo peor no es que esta campaña violenta haya culminado en la brutal agresión a todo un presidente del Gobierno, que nos puede gustar más o menos pero es nuestro presidente, el de todos; lo peor es que esto sólo es un paso más y que, si no ponemos remedio, habrá otros.

Ha habido un fenómeno muy curioso que se ha podido ver en las redes sociales este miércoles: al hacerse pública la agresión había muchas bromas; luego, después de ver las tremendas imágenes del vídeo, muchos se retractaban. Es decir, que estamos dispuestos a admitir un cierto nivel de violencia, no excesiva. Pero si te repugna la violencia te repugna toda y no estás dispuesto a tolerarla en ningún caso: si sólo empiezas a rechazarla a partir de cierto nivel no es porque te repela, sino porque en ese nivel te perjudica.

Por imposible que parezca, a la violencia también nos acostumbramos, administrada en las dosis correctas puede ir incrementándose progresivamente y así se va pasando del insulto genérico a la agresión verbal concreta, de esta a la física leve, de ahí a la más grave... y de ahí en adelante ya no se sabe cuál puede ser el límite.

El cretino descerebrado de Pontevedra sólo se ha saltado un par de escalones en la espiral de violencia que otros llevan años construyendo pacientemente; lo preocupante es que, una vez subidos, está por ver que los bajemos.

O nos decidimos a rechazar de verdad la violencia y el sentimentalismo en política –que siempre genera violencia–, o lo que hoy nos sorprende se convertirá primero en habitual y después pasará a ser parte de un tiempo añorado en el que sólo había puñetazos a presidentes de Gobierno.

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