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Ayatolá Borrell

Cállese, hombre, cállese y váyase a su casa, ahora que todavía quedarán algunos despistados que sientan por usted cierto respeto intelectual.

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EFE

La inclusión de Borrell como ministro de Exteriores en el Gobierno de Sánchez despertó unas expectativas que ya en aquel momento parecían un poco excesivas, pero que sólo ocho meses después han quedado no diluidas sino directamente fundidas.

Buena parte de esas esperanzas y confianzas nacían de la algo tan simple, pero en el fondo poco fiable, como la comparación con el PSOE actual y con lo que cabría esperar de un Consejo de Ministros presidido por Sánchez. Y es cierto que, a priori, si comparas a Borrell con Adriana Lastra o con la propia Carmen Calvo, el ministro puede parecer un primer lord del Almirantazgo, de esos de cuando el cargo lo ejercían tipos como un tal Winston Churchill. Pero una cosa es parecer y otra muy distinta, ay, ser.

También llegaba Borrell con cierta aura constitucionalista después de sus discursos en las manifestaciones de octubre de 2017 en Barcelona. Sin embargo, vistos sin la emoción de aquellos momentos, los discursos tampoco fueron para tanto –de hecho, ni siquiera entonces fueron para tanto, lo que pasa es que tampoco era cosa de romper el hechizo– y, sobre todo, allí a la cabeza de la manifestación sí que se nos puso hecho un furioso constitucionalista, pero ya en el Consejo de Ministros no ha hecho ni dicho nada en contra del evidente compadreo de su Gobierno con esos mismos nacionalistas –pero los mismitos, oiga– a los que tan ácidamente criticaba en las abarrotadas calles de Barcelona.

Me dirán ustedes que, como ministro de Exteriores, tampoco a Borrell tenemos que examinarlo por su actuación respecto al problema del separatismo. Lo cierto es que yo creo que sí, pero en cualquier modo tampoco se diría que en su trabajo ministerial haya nada de lo que podamos echar mano para subirle la nota hasta el aprobado: su gestión de lo que esperemos sea un cambio de régimen en Venezuela ha sido lamentable; los numerosos viajes de Sánchez no parecen tener otro fin ni otro resultado que mejorar la agenda de contactos del presidente; lo de Gibraltar y el Brexit fue un ridículo monumental; y, para colmo, ha aguantado la humillación personal de ver cómo le escupían en pleno Congreso y su partido le dejaba tirado como a una colilla. Pocas cosas tan arrastradas hemos visto en la política española en los últimos años.

Por si todo lo anterior no fuese suficiente, este lunes Borrell se nos descolgaba con un alucinante hilo de mensajes en Twitter sobre Irán del que nos hemos hecho eco en Libertad Digital.

Estoy dispuesto a admitir que las servidumbres de la realpolitik impiden a un ministro decir la verdad sobre Irán; decir que es un régimen teocrático en el que el poder lo ejercen lo clérigos; que es un país en el que se ha torturado y se tortura a los disidentes, además de asesinarlos; donde la represión política, religiosa y social ha alcanzado elevadísimas cotas de extensión y refinamiento. Supongo, aunque no sé si debería ser así, que un ministro de Exteriores no debe recordar que en Irán se ahorca a los homosexuales y se discrimina a las mujeres; o que es un Estado terrorista que practica una variedad de crímenes dentro y fuera de sus fronteras, entre ellos atentados en los que han muerto cientos de personas. Imagino, en fin, que Borrell no tiene la valentía de decir que el antisemitismo de Irán es una vergüenza para todo el mundo y que su programa nuclear es una amenaza para la zona más inestable del planeta

Pero si no es capaz de decir ninguna de estas cosas, cállese, hombre, cállese y váyase a su casa, ahora que todavía quedarán algunos despistados que sientan por usted cierto respeto intelectual. Yo, señor ayatolá Borrell, ya se lo he perdido del todo, así que no me toque la pirola más, como decía el clásico.

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