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Carmelo Jordá

De cómo fomentar la piratería de tu propio producto

La idea de retrasar la salida de los eBooks parece una invitación a que los consumidores consigan sus libros por métodos alternativos, es decir, una promoción excelente para lo que suele llamarse piratería.

Carmelo Jordá
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Algunas editoriales norteamericanas han anunciado que retrasarán la salida al mercado de los eBooks que mayor expectación generen, es decir, que para poder acceder a la versión digital de un bestseller los lectores tendrán que esperar varias semanas o incluso meses mientras sólo está disponible la versión en tapa dura, considerablemente más cara.

En cierto sentido, el modelo pretendería replicar el actual modo de comportarse de las editoriales con las ediciones de bolsillo: primero se saca el libro en una edición algo más lujosa, que no siempre más cuidada, y al cabo de un tiempo en la de bolsillo, barata y para muchos lectores más cómoda.

Es una forma de actuar que ya resulta un tanto discutible en el actual mundo editorial (¿por qué no sacar las dos ediciones a la vez y que el lector elija? ¿qué sentido tiene "desperdiciar" la campaña de lanzamiento para un sector importante de los potenciales compradores?); pero parece todavía más difícil de justificar en el caso de los libros electrónicos: ¿de verdad esperan que muchos lectores que lean en digital vayan a cambiar sus hábitos para comprar la versión en papel y en tapa dura desesperados por un retraso de varios meses?

En un primer momento esa "discriminación" de las ediciones digitales parecía una maniobra bastante burda (y más bien absurda) para proteger las ventas más rentables de los libros de papel y "tapa dura", más tarde algunos analistas han visto en la idea una maniobra para que editoriales y agentes literarios recuperen el control de mercado y de los precios que parece que Amazon les ha arrebatado.

La raíz del problema es la política de precios de Amazon, que ofrece los libros para su Kindle a un precio estándar de 9,99 dólares, aunque en muchas ocasiones esto le supone perder hasta cinco o seis dólares por ejemplar vendido; la tienda de Jeff Bezos compensa estas pérdidas a través de otras ventas y, sobre todo, ha creado con ellas un mercado excelente para el Kindle y una legión de fieles clientes.

Las editoriales están en contra de esta política por varias razones, pero la principal es que afirman que con ella los consumidores se están acostumbrando a un nivel de precios mucho más bajo que el de sus volúmenes en papel, con el que no están de acuerdo.

Por supuesto, las empresas tienen derecho a definir sus propios precios, pero no deja de llamar la atención que se intenten igualar los de dos productos: un libro de papel de tapa dura y un eBook, cuya estructura de costes es tan diferente y, por supuesto, mucho más baja en el caso de las ediciones electrónicas.

Esto me recuerda, como siempre, a un episodio de la historia del mundo de la música: la introducción del CD como soporte y la política de precios que se siguió en aquel momento. Pese a que el coste de fabricación era similar al de un disco de vinilo (y otros costes como los de almacenamiento y transporte sensiblemente menores), los precios prácticamente se duplicaron: de las 1.000 o 1.200 peseta que nos costaba el vinilo de The Police o Dire Straits pasamos a las 2.200 del CD de Red Hot Chilli Peppers o Radiohead.

Desde luego, esa inteligente estrategia comercial no es lo único que ha llevado al negocio discográfico a su actual estado, pero no me cabe duda de que algo habrá contribuido.

Sea como sea, tal y como otros analistas señalan, la idea parece una invitación a que los consumidores consigan sus libros por métodos alternativos, es decir, una promoción excelente para lo que suele llamarse piratería (aunque sea de un nombre injusto, piratas son los de Somalia): si alguien quiere leer en su Kindle o su Sony Reader el último peñazo de Dan Brown y no lo encuentra por la "vía legal", eso no le empujará a gastarse 20 euros en un libro de papel que no es lo que quiere, sino a encontrar lo que necesita por otros métodos que, además, normalmente son tentadoramente gratuitos.

En definitiva, retrasar, poner trabas, cerrar, impedir... excelentes métodos de probada eficacia para hundir un mercado o, al menos, dejarlo en manos de formas de distribución alternativas a la industria.

Sólo se me ocurre una idea mejor para promocionar la piratería: no distribuir libros electrónicos en absoluto. ¿Les suena?

Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.

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