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Carmelo Jordá

E-books y DRM: nos quieren vender libros malos

La presencia de DRM es una constante aparentemente lógica (hay que proteger a la industria de la piratería) pero en realidad con un toque particularmente perverso (lo hacemos castigando al que sí paga dándole un producto peor).

Carmelo Jordá
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A día de hoy, y estamos hablando sobre todo de otros mercados pero también del incipiente en España, la principal diferencia entre los libros de papel y los libros electrónicos es que los primeros se compran y los segundos, en la mayor parte de los casos, como mucho se alquilan.

Me estoy refiriendo, por supuesto, a los DRM (del inglés Digital Rights Mahagement) que hacen que cuando adquirimos un libro electrónico en realidad estemos alquilándolo para ciertos usos tasados. Para que nos entendamos, algo así como si al comprar la última de Dan Brown (y siento lo escatológico del ejemplo) resultase que sólo podemos leerla nosotros y no se nos permite dejársela a un amigo (una seria limitación, aunque en este caso concreto nuestro amigo lo agradecería).

Es más, tal y como están las cosas no es que sólo nosotros podríamos leer el tostón masónico, es que ni siquiera podríamos hacerlo donde nos diese la gana: se nos permitiría deleitarnos con la prosa brownita en el salón de casa pero no el metro, en el dormitorio quizá, pero no en el parque.

El rey de este modelo de negocio que consiste en prestarle algo al consumidor, decirle qué debe hacer con ello y, llegado el caso, arrebatárselo, ha sido hasta ahora Amazon, que con el caso de 1984 y Rebelión en la granja llevó al límite del absurdo la situación y demostró que es capaz de, sin autorización de por medio, quitar a un usuario un libro que previamente había comprado y pagado.

Es decir, que el libro seguía perteneciendo de Amazon.

Es cierto que no todas las empresas llegan a este extremo y algunas, al menos en sus intenciones, pretenden una mayor libertad o mejor dicho, un producto más completo: el presidente de la división Digital Reading de Sony, por ejemplo, señala que el objetivo de su compañía respecto a los libros electrónicos es que "si lo compras, lo posees", que pretendían que esto fuese la norma del mercado y que así los consumidores pudiesen "comprar en cualquier dispositivo y leer en cualquier dispositivo".

Otro caso, más discutible pero en cualquier caso un paso adelante, es el del Nook que recientemente ha puesto en el mercado Barnes & Noble, que permite el préstamo de libros electrónicos entre dos dispositivos: el comprador podrá dejárselo a un amigo y éste tendrá quince días para leerlo (un plazo un tanto estúpido: ¿por qué quince y no treinta o cien?).

Pero en todos los proyectos y en todos los proyectos editoriales la presencia de DRM más o menos seguros y más o menos abiertos es una constante aparentemente lógica (hay que proteger a la industria de la piratería) pero en realidad con un toque particularmente perverso (lo hacemos castigando al que sí paga dándole un producto peor). 

De nuevo me da la sensación de que la industria editorial cierra los ojos a la experiencia de su hermana (o al menos prima), la discográfica: después de una aventura de lo más variada con todo tipo de DRM y de vender durante años un producto defectuoso a sus clientes, incluso la vaca sagrada de la música en internet, iTunes, tuvo que rendirse a la evidencia y hace ya casi un año se decidió a ofrecer canciones sin limitaciones, y además lo hizo de una forma manifiestamente mejorable, tal y como contaba un bastante indignado Enrique Dans en su blog.

Así que, ¿qué tal si quemamos unas cuantas incómodas etapas y me venden, de verdad y sin trucos, los libros por los que estoy dispuesto a pagarles?

Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.

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