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Carmelo Jordá

El lujo, refugio de los libros en papel

El libro en papel sobrevivirá, pero dentro de los límites propios de un artículo de lujo, del tipo de producto que nos ofrece menos utilidades pero tiene un plus de exclusividad y placer que hace que paguemos por él un sobreprecio sobre la versión digital

Carmelo Jordá
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Descubro con no poca sorpresa que en la docena y media de columnas que llevamos ya publicadas en este pequeño rincón de internet sobre el libro electrónico (cómo pasa el tiempo) todavía no hemos abordado con cierta profundidad la gran pregunta que muchos se hace y otros muchos sencillamente se responden: ¿desaparecerá el libro en papel?

Como les digo, más que hacerse la pregunta la gente suele directamente responder a ella, las frases suelen ser algo así como "los libros electrónicos están bien, pero el papel no desaparecerá nunca" o, en un formato un poco menos elaborado: "No, si los libros electrónicos no están mal, pero donde esté un libro de papel...".

Por supuesto, visto así es un análisis un tanto superficial y si nos limitamos a él estaremos en una polémica más bien estéril, como ya dije en su momento. Sin embargo, sí me parece interesante que profundicemos un poco más y tratemos de averiguar qué futuro le espera a los libros en papel, si es que les espera alguno.

Pues bien, en mi modesta opinión el libro en papel sobrevivirá, pero dentro de los límites propios de un artículo de lujo, del tipo de producto que nos ofrece menos utilidades pero tiene un plus de exclusividad y "placer" que hace que paguemos por él un sobreprecio sobre la versión digital: más cómoda, más práctica, más útil y más barata.

Así que los libros de papel seguirán siendo un regalo ideal, un objeto de lujo por el que pagaremos un alto sobreprecio, pero quedarán relegados a ser una parte menor del mercado, aunque importante económicamente: no en vano los precios serán mucho mayores.

Y es que para la mayor parte de las ocasiones no tendrá sentido pagar más para cargar con un pesado libro de papel, que ocupa espacio en nuestras estanterías, que no nos ofrecerá un diccionario instantáneo, que no está conectado a la red, que tenemos que ir a una tienda física que a saber dónde está y que hasta es incómodo para leerlo en el metro. 

Pero sí lo tendrá para hacer un regalo hermoso que el afortunado regalado valore, en el caso de ese libro especial que tanto nos gusta, o para coleccionar las obras de nuestro autor preferido y exponerlas en casa orgullosos y como una muestra de nuestra devoción por el escritor.

Siempre he comparado lo que será el mundo del libro en papel con lo que hoy en día es el mercado de los discos en vinilo, cuya muerte todos dimos por segura con la llegada del CD y que ahora se muestran como una alternativa cada día más extendida para los expertos en alta fidelidad y los coleccionistas, gente a la que no le importa pagar un sobreprecio.

También podría compararse con el mundo de la relojería: tras la irrupción en los años 70 de las maquinarias de cuarzo, infinitamente más baratas que los movimientos mecánicos "de toda la vida", la industria parecía hundirse, pero hoy en día tenemos un mercado de relojes de calidad con movimientos mecánicos ciertamente activo y que mueve miles de millones al año.

Así, cuando alguien quiere saber la hora sin más se compra un reloj de cuarzo, mucho más barato y bastante más preciso, pero si lo que quieres es tener algo especial en la muñeca, un objeto bello y deseable, hay que ir a buscar uno de esos movimientos mecánicos maravillosamente bien fabricados y con ese tic-tac infinito que al coleccionista le resulta tan placentero.

Esto implica otro cambio o, si quieren, otra predicción igualmente arriesgada: la desaparición del libro del bolsillo, un artefacto que ha sido verdaderamente útil hasta ahora pero que carecerá de sentido pues, al menos en mi opinión, no podrá competir en precio y practicidad con los libros electrónicos ni, por supuesto, en calidad con los libros de tapa dura.

Y todo esto también implica que las editoriales deberán esforzarse en editar libros buenos (aunque esto es muy relativo) que además también sean bellos, con diseños, ilustraciones y tipografías cada vez más cuidadas, con papel de calidad que sea placentero acariciar...

Por supuesto, todo esto no es más que especulación personal, un análisis con el que no pretendo adivinar el futuro; eso sí, he decirles que ese futuro me encantaría.

Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.

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