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Carmelo Jordá

Expertos a tutiplén

Lo que de verdad es abracadabrante es cómo en cuestión de segundos, minutos todo lo más, alcanzamos el grado de expertos para poder opinar sobre cualquier cosa que esté ocurriendo en la pista, la cancha, el tatami o la piscina.

Carmelo Jordá
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Finalizado ya el espectáculo mediático – deportivo – publicitario de los Juegos Olímpicos, he de llamar su atención, querido lector, sobre un par de fenómenos que he observado en nuestros compatriotas durante las dos semanas que han durado las carreras.

El primero, que me tiene absolutamente turulato, es el hecho de que podamos prescindir de determinados deportes durante cuatro años y, de repente, nos los bebamos durante estos extraños quince días como si la vida nos fuese en ello.

Pongamos por ejemplo: ¿A alguien pueden interesarle de verdad el waterpolo, el balonmano femenino, la sincronizada y ese tipo de cosas? Pero el hecho es que basta con que un compatriota tenga la más mínima posibilidad de conseguir una medalla en la más extraña modalidad de lucha, para que nos posemos ante la televisión como tontos boquiabiertos y finjamos el máximo interés.

Pues no está tan mal esto de la lucha malaya decimos, por ejemplo, poco antes de olvidar para los próximos cuatro años la modalidad en cuestión y hasta quién era la chica aquella que tuvo una medalla en nomeacuerdoqué.

Pero lo más sorprendente no es eso que, como les digo, ya me llama bastante la atención, lo que de verdad es abracadabrante es cómo en cuestión de segundos, minutos todo lo más, alcanzamos el grado de expertos para poder opinar sobre cualquier cosa que esté ocurriendo en la pista, la cancha, el tatami o la piscina.

Veía el otro día unos minutos de balonmano (tres o cuatro, soy físicamente incapaz de soportarlo por más tiempo) en un bar, entre café y café, y me quedaba a cuadros cuando un grupo de hombres entre las mesas, con pinta de no haber hecho otro deporte en su vida que el levantamiento en barra, se indignaba gritando algo como "¡seis metros, seis metros!"

Otro caso todavía más grotesco: viendo (es un decir: están debajo del agua y no se ve nada) la final de natación sincronizada un compañero de trabajo (hombre, creo que es un dato significativo) aseguraba totalmente convencido que la plata de las chinas era "absolutamente merecida". ¡Amos anda!

Hay que hablar con el Comité Olímpico Internacional, con la ONU, la Cruz Roja o con quién sea, pero en los próximos Juegos en cada modalidad tiene que haber una medalla, aunque sea de latón, para el experto más incisivo que comente en su casa o en el bar las circunstancias de cada deporte, desde la doma clásica (que creo que se hace con caballos), hasta los saltos de trampolín o el kite surf ese, que seguro que para entonces todos sabemos más que la Gisela Pulido.

¿EEUU? ¿China? ¿Gran Bretaña? ¡Ja! Comentando nos sacamos tal saco de medallas que ni esos tres sumando.

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