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Carmelo Jordá

Desastre predilecto

En un país civilizado, Simón estaría apartado de cualquier los focos mediáticos y, probablemente, muy centrado en resolver sus problemas con la Justicia.

Carmelo Jordá
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En un país civilizado, Simón estaría apartado de cualquier los focos mediáticos y, probablemente, muy centrado en resolver sus problemas con la Justicia.
Fernando Simón. | EFE

La verdad es que me cuesta un poco entender que un ayuntamiento necesite tener “hijos predilectos”, más allá de darse por premio al presunto premiado y lograr que los gerifaltes de turno se hagan una foto con algún famoso para enseñársela a sus nietos en el futuro: "Chicos, este es vuestro abuelo con Rafa Nadal".

Dicho lo anterior, tampoco quiero ponerme en plan tacañón y criticarlo todo, al fin y al cabo estas cosas suelen ser de las más inocentes que hacen los políticos, y también de las más inofensivas para el bolsillo del sufrido contribuyente.

O, mejor dicho, solían ser: porque esta izquierda voraz que nos ha tocado sufrir, tan fanática que es incapaz de apartarse de la política ni para ir al baño, ya hasta a los hijos predilectos los usa para meter el dedo en el ojo al adversario. O quizá los ha usado siempre, pero ahora no sólo es más extremista y delirante que nunca, sino que también es más burra.

Viene esto a cuenta, por supuesto, del intento de algunos partidos en Zaragoza de hacer a Fernando Simón hijo predilecto de la ciudad, aprovechándose de una costumbre que a punto ha estado de servir para que PP, Cs y Vox quedaran como Cagancho ante sus votantes y ante cualquier ciudadano medianamente informado y razonable.

Porque no sé, ni me importa, si Simón tiene alguna vinculación personal o familiar con la capital de Aragón, pero ni aunque hubiese limpiado con sus propias manos las cúpulas de colorines de la Basílica del Pilar podría pensarse que es razonable entregarle el título de hijo predilecto de Zaragoza y el reconocimiento, se supone, que lleva aparejada la predilección.

Sólo en un país tan sectario y obtuso como España, y sólo entre una de las izquierdas más cerriles de Occidente, podría tenerse no ya la adoración que algunos parecen sentir por Simón, sino el más mínimo respeto profesional por un señor cuyo trabajo era alertar de que venía una epidemia y, en lugar de eso, fue de televisión en televisión diciendo que era como una gripe, animando a la gente a meterse en manifestaciones y pronosticando algún caso aislado en lugar de los 53.000 muertos y la crisis económica salvaje que nos está costando el coronavirus.

Y esto sin entrar en el tema de las mascarillas y los miles de vidas que sin duda se han perdido porque este político disfrazado de científico fake ha servido al Gobierno y no a la verdad; o en las mentiras hediondas sobre el número de fallecidos; o en su desprecio a todos, los muertos y los vivos, con sus vacaciones hipócritas y sus ínfulas de estrella mediática en moto o en neopreno.

En un país civilizado y que se respetase a sí mismo, Fernando Simón estaría apartado de cualquier labor profesional, de los focos mediáticos y, probablemente, muy centrado en resolver sus problemas con la Justicia. En Zaragoza, en cambio, una izquierda no muy civilizada lo quiere hacer hijo predilecto, y en la republiqueta bolivariana de Pedro y Pablo no nos cabe ninguna duda de que sería ministro, vicealmirante, archipámpano o lo que le pareciese a Iván Redondo.

En el tránsito entre la democracia que estamos a punto de perder y ese nuevo régimen del despropósito, propongo una solución transversal, como se dice ahora: que lo nombren "desastre predilecto".

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