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Carmelo Jordá

La medalla con sangre entra

Determinadas manifestaciones deportivas deberían establecer barreras a la participación de menores de edad.

Carmelo Jordá
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Determinadas manifestaciones deportivas deberían establecer barreras a la participación de menores de edad.

El escándalo que se ha montado alrededor de los métodos y modos de la entrenadora de natación sincronizada Anna Tarrés debería llamar a una reflexión algo más profunda de lo que, al menos por el momento, se está leyendo en los medios. Una reflexión sobre los métodos y exigencias de la alta competición, sobre los esfuerzos necesarios para conseguir una de esas medallas olímpicas que parecen vitales para la preservación del orgullo patrio y, en suma, sobre las vidas que se sacrifican para que podamos disfrutar de unos minutos de retransmisión deportiva, podio e himno nacional.

Quizá nuestra sociedad, tan blandita ella y tan poco dada al esfuerzo, se crea que una medalla olímpica puede lograrse gracias a un talento innato, que los campeones son diamantes pulidos prácticamente desde que nacieron, pero la realidad que revela el caso Tarrés es muy otra.

Ese nivel de exigencia brutal, donde el individuo se ve humillado y machacado por el bien común, es la moneda común en el mundo de la alta competición, en el que una milésima de segundo, una fracción de punto o un gramo marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso más estrepitoso.

Es decir, que quizá la ahora crucificada Anna Tarrés sea un verdadero ogro repelente y maltratador –o quizá no, o no tanto–, pero probablemente ese fuera el único camino que llevaba a esas medallas y esos ejercicios de extrema dificultad ante los que tantos españoles se extasiaban.

Por supuesto, a nadie le ponen una pistola en la nuca para seguir nadando o contorsionándose sobre un tatami, pero hay que hacer una salvedad que me parece realmente importante: en algunos deportes, entre ellos la natación sincronizada, ese esfuerzo y la decisión de acometerlo recaen en individuos menores de edad, que ni física ni mentalmente están preparados para afrontar semejantes desafíos. Es el caso también de la gimnasia, tanto la rítmica como la artística.

Es cierto que ese esfuerzo no es menor en otros deportes, sobre todo en los individuales, pero hay dos circunstancias que suponen diferencias cualitativas: 1) en la mayoría de ellos, incluso en algunos tan duros como el ciclismo, esa entrega brutal se exige a edades en las que tanto el cuerpo como la mente están mucho mejor preparados para dar lo mejor de sí; 2) los metros cúbicos de sudor y las miles de horas de entrenamiento se ven recompensados con la fama, el prestigio y, sobre todo, unas cantidades fabulosas de dinero. Veamos un ejemplo: es posible que ningún joven español por debajo de los treinta haya trabajado tanto como Rafael Nadal, pero nuestro admirado tenista ha recibido ya una recompensa, en popularidad e ingresos, que resulta un pago razonable para toda una vida, y eso que todavía puede tener varios años de carrera por delante.

Desgraciadamente, no es el caso de las jóvenes que sacrifican infancia y juventud –y formación profesional– a disciplinas que sólo reportan, y eso en el mejor de los casos, unos días de efímera gloria olímpica.

Y si eso es lo que pasa en España, donde tenemos unas libertades, unos derechos y cierta consideración por el ser humano, imaginen lo que puede ocurrir en feroces dictaduras en las que el deporte es un arma propagandística de suma importancia para el poder.

Siempre he pensado que determinadas manifestaciones deportivas, especialmente aquellas que presumen de un espíritu y una pureza especiales, deberían establecer barreras a la participación de menores de edad. Puede que ello acabase con ciertas disciplinas o bajase significativamente el nivel de otras, pero sinceramente me da igual.

De todas formas, como no se puede confiar en que el mundo del deporte renuncie a un mísero euro para salvar a un niño o a una nadadora, quizá deberíamos empezar por negarnos a ver espectáculos que quizá sean muy estéticos, pero que se basan en una explotación infantil que nos parece terrible si se trata de fabricar camisas, pantalones o zapatillas... pero que nos gusta muchísimo cuando el asunto es competir vistiendo esas prendas.

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