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Carmelo Jordá

Libros y discos… ¿vidas paralelas?

Cuanto más tardemos en ofrecer ese contenido por canales comerciales normales, más acostumbrado estará el usuario a no pagar por él y más difícil será que vuelva a gastar su dinero en algo que puede obtener gratis.

Carmelo Jordá
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Cuando allá por el año 2000 llegaron a nuestras vidas una cosa llamada Napster y otra llamada MP3 la industria discográfica dio un respingo, las sociedades de gestión de derechos pegaron un grito y, entre tanta sorpresa y estupefacción, muy pocos se dieron de verdad cuenta de que el mercado de la música había cambiado para siempre.

Casi una década después la industria musical está atravesando una de las peores crisis de su historia, la mal llamada piratería sigue teniendo un volumen importante, se ha asumido que ha llegado un profundo cambio de modelo y la mayor parte de los actores del negocio también se han resignado ante el hecho de que la época de las vacas gordas (en algunos casos diplodocus más que vacas) ya ha pasado.

Además, el CD se ha desplomando, datos de este mismo miércoles hablan de una caída del mercado de un 30% en el 2009, pero la descarga "legal" no ha logrado crecer como podría esperarse: en España no llega al 10% del total del negocio (aunque ha crecido casi en un 70% en un año) y en Estados Unidos es "sólo" de un tercio del mercado.

Supongo que después de tres párrafos muchos de ustedes se estarán preguntando por qué estamos hablando de música en una columna dedicada al libro electrónico... Pues todo este introito musical se debe a que, aunque esto es sólo una impresión personal, la actitud que hoy en día tiene la industria editorial me recuerda mucho a aquellos respingos y gritos.

Tuve por entonces una experiencia profesional que me puso en contacto con el mundo de la música (y llegando desde el de internet) y todavía recuerdo el ambiente de pánico y prohibición que se vivía en la industria discográfica: era prácticamente imposible hacer nada con música en la red, ni siquiera aquello que estaba destinado a promocionar a sus artistas.

Con la perspectiva que da el tiempo creo que es obvio que todas esas prohibiciones no sirvieron para frenar la llegada de lo inevitable, pero creo que sí han servido para retrasar el desarrollo sano y racional de un mercado "legal".

Hoy por hoy, en la industria editorial parece vivirse la fase previa a esas prohibiciones y persecuciones y me pregunto si se han mirado en el espejo, tan cercano, de esa otra gran industria cultural (aunque llamar cultura al 95% del mercado de la música es una gran muestra de optimismo, e incluyo en ese porcentaje a la clásica).

Sí, ya sé que la música y los libros son cosas muy distintas, soy consciente de que un disco se consume en más o menos una hora y un libro en varios días, de que el primero se escucha una y otra vez mientras que el segundo es raro leerlo más de una o dos ocasiones, de que la música suele ser fruto del esfuerzo coordinado de mucha gente y la literatura del sudor y el ingenio de un único creador (negros aparte), así que, efectivamente, estamos hablando de productos diferentes.

Es más, creo que esas diferencias y el perfil también muy distinto del consumidor pueden ser en la mayoría de los casos más adecuados para una expansión ordenada y "legal" del negocio de los eBooks, pero también estoy seguro de que en situaciones y ante actitudes muy similares la respuesta de mercados distintos puede parecerse y de que, en definitiva, si al consumidor no se le dan formas legales, cómodas y ventajosas de adaptar sus hábitos de compra a las nuevas tecnologías encuentran formas casi tan cómodas y ventajosas de hacerlo, pero alegales y, desde luego, muy perjudiciales para la industria.

Es decir, que cuanto más tardemos en ofrecer ese contenido por canales comerciales normales, más acostumbrado estará el usuario a no pagar por él y más difícil será que vuelva a gastar su dinero en algo que puede obtener gratis.

En resumen, lo mejor es que en las editoriales sigan tranquilos... si lo que quieren es verse, dentro de menos años de lo que parece, en una crisis como la de las discográficas.

Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.

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