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Carmelo Jordá

Llamazares, los beatos y Santa Pasionaria

La leyenda blanca que sobre sí misma ha construido la izquierda ignora los más terribles crímenes.

Carmelo Jordá
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La leyenda blanca que sobre sí misma ha construido la izquierda ignora los más terribles crímenes.

Como ustedes ya sabrán, durante este pasado fin de semana se ha celebrado en Tarragona una ceremonia: 522 personas, la gran mayoría religiosos, han sido beatificadas porque fueron asesinadas durante la Guerra Civil.

La cosa no habría pasado de ahí, de un acto vistoso con algunas autoridades, si no hubiese sido por el empecinamiento de nuestra izquierda más borrica en ver política en todo. Así, en lugar de aprovechar lo que era una oportunidad excelente para callarse, han despotricado en el Parlamento y pedido la comparecencia de Gallardón para que explique por qué ha ido a una ceremonia de la principal confesión religiosa del país, como si en lugar de eso hubiese estado en un mitin de la sección del Ku Klux Klan de Alabama.

Especialmente patético resultaba, cómo no, Gaspar Llamazares, que venía a decir que la Iglesia mentía al hablar de persecución de religiosos durante la Guerra Civil. Puesto que las cifras están ahí y son escalofriantes, debemos entender que el diputado asturiano quizá piensa que lo que ocurrió fue una extraña epidemia que sólo afectaba a gente con hábito o sotana; o, más probablemente, a lo mejor cree que en realidad los curas y las monjas se mataron entre ellos, los muy cabrones, para echar la culpa a los rojos, que eran gente muy educada que lo único que quería era autogestionar los conventos y las iglesias y hacer centros kulturales, pero todo pidiéndolo por favor.

No obstante, en el fondo es comprensible que los llamazares del mundo salten ante un acto que no tuvo nada de político y menos aún de reivindicativo o acusador, pero que no deja de desmentir la leyenda blanca que sobre sí misma ha construido la izquierda, capaz de ignorar los más terribles crímenes, de convertir en héroe al más cruel de los asesinos, o de recordar como demócratas-de-toda-la-vida a los que no hacían otra cosa que luchar por la dictadura del proletariado.

Y, junto a esto, por supuesto, el tic totalitario de la izquierda clásica, que le permite opinar sobre quién debe ser beatificado, qué debe contar la Historia o lo que tiene derecho a decir Marhuenda en un debate televisivo, por poner un ejemplo acaecido estos días, no por más ridículo menos revelador.

Si a lo anterior unimos aquello de que la religión es el opio de pueblo, y el evidente deseo de la izquierda totalitaria de controlar el mercado de cualquier estupefaciente intelectual, ya tenemos el lío armado y la explicación completa de un anticlericalismo que igual se podía entender a finales del s. XVIII o incluso en la Guerra Civil –sin que esto justifique asesinar a nadie, claro–, pero que a principios del s. XXI resulta completamente ridículo.

Como soy un osado me atrevo a proponer una solución de consenso: en la próxima beatificación o canonización de estas, que se suba a los altares a la Pasionaria y así todos contentos. Vistas algunas cosas que dice, igual al Papa tampoco le parece mal.

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