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Lo que de verdad dijeron las urnas

Los dos grandes partidos deberían estar en el Gobierno, es la única suma que tiene lógica política y aritmética.

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Como suele ocurrir después de cada jornada electoral, cada uno lee el resultado como quiere y todo el mundo ha ganado o perdido según lo digan unos u otros. El 20-D, que dejó todo mucho más en el aire de lo habitual, ha hecho exacerbarse esta propensión a explicar la realidad eligiendo cuidadosamente el cristal del color con el que se mira.

Así, Rajoy insiste en que, claramente, se ha votado para que él siga siendo presidente, puesto que es el ganador, pero esto es evidentemente falso: los españoles le han dejado con 123 escaños, con los que no va a ir a ninguna parte… y menos a la Moncloa.

Pedro Sánchez, por supuesto, dice que el resultado es un mandato claro para que haya un cambio de política que debe liderar él mismo. Pero después de quedarse con 90 diputados -el peor resultado de la historia de su partido- y de que necesite el acuerdo de hasta 56 partidos para ser investido, tal afirmación suena a chiste de los malos. Como bien ha dicho Albert Rivera, eso puede ser una suma de síes y abstenciones suficiente como llegar a la presidencia, pero se parece a un gobierno lo mismo que un huevo a una castaña y, desde luego, no es lo que han votado los españoles.

Lo de Pablo Iglesias aún tiene más guasa: según él, el resultado del 20-D es una innegable apuesta por un cambio constitucional y, poco más o menos, la llegada del bolivarianismo versión coletuda. Pero los grandes cambios constitucionales requieren de dos tercios de Congreso e Iglesias no tiene ni un quinto; de hecho, teniendo en cuenta el sindiós que es su banda de compromisos, mareas y gente en común que puede –o no–, lo más probable es que como mucho tenga un séptimo.

Visto desde fuera, aquí donde no hay ninguna poltrona que mantener a toda costa, sí que hay varios mensajes claros que se podrían leer en los resultados del 20-D: el primero es que los dos grandes partidos deberían estar en el Gobierno, es la única suma que tiene lógica política y aritmética, y lo que es una estafa es que no se entienda que, por una vez, el electorado ha pedido eso: que pacten la izquierda moderada –perdonen el probable oxímoron– y la derecha acomplejada.

Dadas las excepcionales circunstancias que vive nuestro país, sería bueno que de ese pacto participase Ciudadanos: le daría flexibilidad y capacidad de acuerdos y también legitimidad de cara a la opinión pública, pero esto tampoco resulta imprescindible.

Y el segundo mensaje claro que ha mandado la ciudadanía es que los principales líderes de esos dos partidos que deberían compartir La Moncloa, por el contrario, donde deben estar es en su casa. No puedes pretender liderar nada cuando has llevado a tu grupo al peor resultado desde 1989 y desde 1979, respectivamente; cuando tu gestión en el Gobierno y en la oposición no han sido aprobadas por un electorado que ni te ha votado a ti para evitar la llegada de Podemos ni al otro para castigar a Rajoy.

La lectura no es tan difícil, y en cualquier país de Europa ya hace días que habría un presidente, un vicepresidente y dos dimisiones. Aquí, probablemente porque más que partidos tenemos sectas, habrá que esperar más.

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