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Carmelo Jordá

Ni niños muertos de hambre ni desahucios: sólo demagogia

Ese mensaje falso cala porque hay mucha gente rencorosa convencida de que tiene derecho a vivir como un rico… trabajando como un funcionario.

Carmelo Jordá
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Ese mensaje falso cala porque hay mucha gente rencorosa convencida de que tiene derecho a vivir como un rico… trabajando como un funcionario.
EFE

Poco más de una semana hemos necesitado para comprobar cómo la mitad de las cosas con las que Podemos calentó la campaña electoral –y lleva meses calentando la política nacional– o son mentira o son una exageración o no han ocurrido nunca.

España es un país con problemas, sí, alguno de ellos muy graves, pero no es el páramo de miseria, hambre y desesperación que esta gente lleva tiempo intentando hacernos creer.

En España hay gente que lo pasa mal, sí, pero nadie se muere de hambre; hay niños cuyas familias tienen serias dificultades, pero no hay pobreza infantil porque no hay niños viviendo en las calles como en una novela de Dickens.

Como no ha habido cientos de miles de desahucios de primera vivienda, y, pese a que se han dado casos –un tanto por cierto irrisorio en el conjunto del mercado inmobiliario–, bajo la inmensa mayoría de los puentes de nuestro país sólo hay ríos, carreteras y algún que otro barranco.

Y esta realidad, la de un país que está atravesando –y hay que reconocerlo: saliendo de– una crisis espantosa pero que aun así mantiene unos niveles de vida que no habíamos conocido prácticamente hasta este siglo, es la que se han encontrado los alegres populistas que ya están tocando poder en algunos grandes ayuntamientos, en los que descubren que el plan contra la malnutrición infantil lleva tiempo en marcha y es bueno, como ha tenido que reconocer Carmena; o que el desahucio que heroicamente ibas a impedir no está pedido por un malvado banco sino por una anciana enferma que hace años que no cobra, como le ha pasado al sin par Kichi.

Dará igual, eso sí, y por tres razones: la primera, que los que comandan el invento nunca se han creído sus propias mentiras, así que seguirán soltándolas sin importarles un pelo que su dibujo no se parezca en nada a la verdad. La segunda, porque cuentan con todo un ejército de periodistas serviles que les siguen a pies juntillas, que les justifican cualquier cosa y que están dispuestos a seguir vendiendo esta retórica de la penuria a pesar de que lo más cerca que han estado de la miseria fue el día en que se cruzaron con un pobre a la entrada de la tienda de Apple. La tercera es la peor de las tres: porque ese mensaje falso cala en una sociedad en la que hay mucha gente rencorosa que está convencida de que tiene derecho a vivir como un rico… trabajando como un funcionario.

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