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Carmelo Jordá

Por el derecho a la blasfemia, por la libertad

¿Qué límite ponemos? ¿Qué es razonable? Lo razonable es, por supuesto, dejar toda la libertad.

Carmelo Jordá
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¿Qué límite ponemos? ¿Qué es razonable? Lo razonable es, por supuesto, dejar toda la libertad.

Blasfemar está feo, mucha gente puede sentirse ofendida al ver o escuchar una blasfemia, pero nos ha costado siglos de hogueras y de lucha por la libertad que Europa sea un espacio en el que cagarte en Dios, en Alá, Buda, Mahoma o Jehová no te cueste la vida, y ese es un tesoro que debemos preservar.

El problema con la blasfemia es que es un crimen absolutamente subjetivo y, por lo tanto, jamás puede ser considerado un crimen. Me explico por si fuera necesario: a mí, que no soy creyente, será difícil que nada pueda parecerme blasfemo, aunque obviamente hay cosas que encuentro de un gusto deplorable; por el contrario, para un creyente católico determinadas expresiones que yo sólo veo groseras le parecerán claramente blasfemas; y, siguiendo en la escala, a un fanático musulmán el que alguien publique caricaturas de Mahoma le parece un motivo para liarse a tiros y asesinar a una docena de personas.

¿Qué límite ponemos? ¿Qué es razonable? Lo razonable es, por supuesto, dejar toda la libertad, porque una vez que establecemos límites a la libertad de expresión corremos un riesgo serio de que la puerta se cierre completamente. Si un día aceptamos que no se puede blasfemar contra Mahoma, antes o después tendremos que tragar que aquel que no diga que Alá es el único Dios y Mahoma es su profeta sea pasado a cuchillo por ofender las creencias de muchos ciudadanos. Y si se creen que exagero pregúntense qué es lo que pretenden los asesinos de los trabajadores de Charlie Hebdo o los que condenaron a muerte a Rushdie o los que obligan a las mujeres de Afganistán a vestir el burka.

Los periodistas que han sido asesinados este miércoles en Francia no han muerto por la libertad de publicar las caricaturas, no, han dado sus vidas por algo mucho más importante pero ineludiblemente conectado con lo anterior: la libertad de creer lo que a cada uno le parezca conveniente y llevar su vida de acuerdo a las normas morales que él y sólo él considere adecuadas dentro de un marco común en el que, por ejemplo, se contempla que no puedes matar a alguien sólo porque no opina como tú.

Este siete de enero será ya para siempre un día muy triste para las libertades, pero también debe ser un día en el que todos nos pongamos de pie frente a aquellos que quieren arrebatarnos esa libertad que nos ha costado siglos alcanzar. De pie frente al miedo que pretenden inocularnos y el terror con el que quieren doblegarnos.

Y debería ser también el día en el que millones de musulmanes de todo el mundo -y muy especialmente de Europa- saliesen a la calle a demostrarnos que no son la misma escoria que los asesinos de París, que realmente su religión no les convierte en bestias sedientas de sangre y alérgicas a la libertad. Personalmente, estoy convencido de que la inmensa mayoría de ellos son gente como usted y yo, buenas personas que sólo quieren vivir su vida en paz y sacar sus familias adelante, pero ha llegado el momento en el que los asesinos deben saber lo solos que están –si es que lo están- y las víctimas potenciales necesitamos saber a qué atenernos.

Mientras tanto, rindamos todos homenaje a las doce personas que en París han muerto por su libertad… y la nuestra.

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