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Carmelo Jordá

¿Y si dejásemos de comprar libros?

Si dejamos de comprar libros tal y como lo hacemos hoy en día tampoco pasa nada, será porque estamos comprando otras cosas parecidas pero que nos resultan más interesantes, rentables o cómodas.

Carmelo Jordá
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Tranquilos, no estoy defendiendo la piratería ni que avancemos todavía más en el camino de la idiocia iletrada por el que nuestra sociedad cabalga con alegría y donaire propias de mejores fines, lo que quiero decir es que quizá dentro de un tiempo, y por supuesto gracias a los libros electrónicos, podemos tener interesantes alternativas al entrañable acto de ir a una librería y comprar un libro.

Y es que por mucho que un sector asentado se empeñe en mantener el statu quo del mercado, una revolución tecnológica como la digitalización de los contenidos supondrá necesariamente que casi todo cambie y que se establezcan nuevas relaciones entre empresas y consumidores, nuevos actores y nuevos modelos de negocio.

En este sentido, creo que en el mundo de la edición van a ocurrir las tres cosas, pero la más interesante de todas puede ser la aparición de nuevos modelos de negocio, es decir, que tengamos la posibilidad de dejar de comprar libros y, en lugar de ello, los alquilemos, los leamos a cambio de soportar publicidad o, vaya usted a saber, se distribuyan de forma gratuita por quién sabe qué extrañas pero económicamente rentables razones.

Lo importante de este cambio es algo que parece que muy poca gente ha percibido, de hecho, me atrevería a decir que nadie lo ha hecho en la industria editorial: que el formato digital y la posibilidad de hacer copias hasta el infinito a coste prácticamente cero implican la posibilidad de ganar dinero de otras formas que no son necesariamente el cobro de un precio fijo por ejemplar vendido.

Así, puestos a especular, se me ocurren muchas posibilidades que podrían ponerse en práctica para hacer llegar las obras a los lectores y el dinero a los autores y a los restantes eslabones de una nueva cadena de valor.

Por ejemplo, servicios de "tarifa plana" para cierto uso, al modo de lo que hace Spotify con la música y que, por supuesto que adaptado a las necesidades particulares de los lectores, podría ser una opción para los consumidores que más invierten en libros.

Más ideas: comercializar unidades distintas a las que actualmente compramos, es decir, vender cuentos o artículos sueltos en lugar de tener que agruparlos en un volumen mayor y más caro; o volver a la novela por entregas que dio alguno de los grandes éxitos (y de las grandes maravillas, pocos libros en la historia mejores y más divertidos que el Pickwick de Dickens) del libro en el siglo XIX.

O, por qué no, distribuir contenido gratuito que pueda después generar ingresos de forma indirecta, algo que no es tan sencillo como en el mundo de la música pero también puede ocurrir en los libros: las conferencias se pagan, los restantes libros de una serie se pagarían, una edición en papel muy cuidada podría pagarse...

Un concepto viejo que puede renovarse: la suscripción a colecciones de distinto tipo, que además con lectores electrónicos conectados a internet resultarían especialmente cómodas.

Otra posibilidad: acompañar la novela o el ensayo de algunos servicios que puedan disfrutarse a través de la web, o de un eReader con conexión a internet; el primer ejemplo que se me ocurre sería la entrada a una comunidad en la que se comente el libro y se disfrute de otra forma, algo que para los fans de series tipo Crepúsculo o Harry Potter podría resultar interesante pero que también podría serlo para los de otros tipos de libro más "serios" en los que en lugar de discutir de las gafas del mago se profundizase en teorías científicas o políticas.

Incluso yendo un poco más allá, pienso en la aparición de "libros" para cuyo disfrute completo se tenga que disponer de algo más que papel, como ya se ha hecho este año con la versión para iPad de Alicia en el país de las maravillas, de la que se ofrecen distintas versiones y que resulta algo a medio camino entre el libro, el videojuego o la aplicación.

En definitiva, hay muchas posibilidades que se pueden desarrollar con imaginación y, sobre todo, si se permite que el mercado actúe en libertad y sea por tanto tan creativo como lo es cuando no se intenta controlarlo para beneficiar a uno pocos o sostener aquello que ya de natural no hay forma de mantener.

Volviendo al título del artículo, si dejamos de comprar libros tal y como lo hacemos hoy en día tampoco pasa nada, será porque estamos comprando otras cosas parecidas pero que nos resultan más interesantes, rentables o cómodas. Y los autores y las editoriales quizá no pierdan sino que incluso ganen más dinero (lo que, al fin y al cabo, en el caso de los primeros tampoco es tan difícil).

Carmelo Jordá es redactor jefe de Libertad Digital. Puede seguirlo en Twitter.

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