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Cayetano González

Hasta la derrota final

Lo importante no es lo que ETA haga o deje de hacer, por muy doloroso que resulte un atentado. Aquí lo que importa es lo que hagamos los demás: Gobierno, jueces, medios de comunicación, sociedad civil en general.

Cayetano González
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Siempre me ha parecido un ejercicio estéril y hasta estúpido preguntarse, tras un atentado de ETA, las razones por las que la banda terrorista ha asesinado en ese momento y qué objetivos a corto o medio plazo perseguía con su actuación. Eso supone conceder a ETA y a sus dirigentes una capacidad intelectual e incluso política que nunca han tenido, por mucho que en su entorno sean contemplados como unos "gudaris". No, no lo son: son simplemente unos terroristas, unos seres despreciables, sin piedad, unos paranoicos, que lo único que merecen es pagar por sus delitos en la cárcel durante muchos años.

Tras el último atentado de ETA el pasado día 20 en Bilbao, asesinado de forma vil al inspector del Cuerpo Nacional de Policía, Eduardo Puelles, se ha vuelto a plantear ese interrogante al que me refería anteriormente: ¿por qué ETA ha vuelto a matar después de seis meses sin hacerlo? Insistiendo en la inutilidad de intentar encontrar una explicación, sin embargo hay una coincidencia casi total en la respuesta: quieren forzar una nueva negociación con el Gobierno y para llegar fuertes a ella necesitan poner cadáveres encima de la mesa.

Si eso es así, y puede serlo, el Gobierno, que es a quien le corresponde liderar la lucha antiterrorista, debería dejar las cosas muy bien sentadas y para ello lo primero que tendría que hacer es aceptar que, –tras haber negociado políticamente con ETA en la anterior legislatura y tras haber mentido tanto a los españoles durante ese mal llamado "proceso de paz"–, haya un sector de la sociedad que no se fíe de Zapatero o de que tenga serias dudas sobre lo que estaría dispuesto a hacer si, por ejemplo, ETA volviera a declarar un "alto el fuego", "tregua" o como demonios quiera llamarla la banda terrorista.

Pero haciendo un ejercicio de bondad, concedamos al presidente del Gobierno, que es mucho conceder, que por los motivos que sea –electorales, de haber aprendido de sus errores o incluso de convicción– no esté dispuesto a volver a sentarse a negociar. A partir de ahí, ETA debe de recibir, un día si y otro también, el mensaje de que nunca, nunca, va a conseguir ni un solo objetivo político ni por matar, ni por dejar de hacerlo. Y esa es una labor que corresponde fundamentalmente al Gobierno. Al mismo tiempo, ETA debe de recibir un día sí y otro también, el mensaje de que se va a por ellos, con todos los instrumentos que tiene un Estado de Derecho: policía, jueces, aislamiento internacional, deslegitimación social. En definitiva, ETA debe de recibir un día sí y otro también, el mensaje de que el único escenario posible es el de su derrota total y que cuanto mas tarde en anunciar el abandono definitivo de las pistolas y de las bombas, peor para ellos.

Lo importante no es lo que ETA haga o deje de hacer, por muy doloroso que resulte un atentado como el llevado a cabo la pasada semana en Bilbao. Aquí lo que importa es lo que hagamos los demás: Gobierno, jueces, medios de comunicación, sociedad civil en general. Y si a estas alturas de la película todavía hubiera algunos –y haberlos hailos tanto en el Gobierno como en el PP– que en el caso de un nuevo escenario "trampa" de ETA les entraran dudas sobre lo que habría que hacer, mal iríamos. La memoria de Eduardo Puelles y de la de cada una de las 824 víctimas mortales de ETA no se lo merece.

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