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La izquierda radical y los separatistas

Cataluña y el resto de España están en manos de formaciones antisistema.

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La situación de descontrol, de desorden, de desafío al Estado de Derecho en la que se ha instalado la política en nuestro país ha provocado que en la actualidad sean los grupos de izquierda radical y los separatistas de todo signo los que marquen el ritmo. La derecha que puede representar el PP, el centro de Ciudadanos y la izquierda moderada del PSOE están fuera de juego y son actores pasivos del devenir político.

El último, que no definitivo, capítulo del sainete catalán, con la negativa de la CUP a dar su voto favorable a Artur Mas y el consiguiente forzamiento de nuevas autonómicas, es una muestra de ello. Que una formación política antisistema que obtuvo en las elecciones del 27-S el 8,2% de los votos y 10 diputados sobre un total de 135 haya sido la que ha tenido en jaque durante estos tres meses el futuro político de Cataluña es de aurora boreal. Se podrá argumentar, con razón, que de esos polvos vienen estos lodos y que la CUP no es la única culpable del aquelarre catalán. Efectivamente, Artur Mas es un actor indispensable, al igual que lo son Oriol Junqueras y todos los que por acción u omisión han consentido durante tantos años que el llamado nacionalismo moderado representado por la extinta CIU campara por sus respetos.

Ahora, con unas nuevas elecciones autonómicas en ciernes –van cuatro en cinco años–, el próximo gobierno de Cataluña bien podría estar en manos de una amalgama de independentistas, radicales de izquierda y antisistema; es decir, ERC, Podemos y la CUP. Un Gobierno que hará que se recuerde con cierta nostalgia el tripartito PSC-ERC-IU que encabezó Pascual Maragall hace ya doce años, y que fue bendecido por uno de los mayores culpables de lo que ahora sucede, que no es otro que el ex presidente Zapatero.

Pero es que la situación que se ha dibujado en España tras las elecciones del 20-D no pinta mejor. Con un PP que todavía no se ha enterado de que, a pesar de ser la lista más votada, ha perdido las elecciones, porque no va a poder gobernar; con un PSOE en el que las hostilidades internas se desataron a las 24 horas de las elecciones; con un Ciudadanos que, a pesar de haber obtenido 40 diputados, es irrelevante a la hora de los pactos, todo queda en manos de Podemos. En manos de la formación de Pablo Iglesias está la configuración del próximo Gobierno o propiciar que haya, al igual que en Cataluña, una repetición de las elecciones, allá por finales de mayo.

Si Iglesias quiere, Pedro Sánchez puede ser el próximo presidente del Gobierno. Y si no quiere, porque los cálculos que hace es que en unas nuevas elecciones Podemos seguirá comiendo terreno al PSOE, no lo será. Como se puede apreciar, en todas estas combinaciones, ni el PP ni Ciudadanos pintan nada. Y el PSOE está a merced de sus líos internos –si Susana Díaz y los barones de más peso deciden decapitar a Sánchez– o de Podemos, si al final intentan negociar con este partido la formación del gobierno.

Pero al final son las izquierdas más radicales y los partidarios de la ruptura de España los que se han convertido en los actores principales del devenir político de España y de comunidades autónomas como Cataluña, el País Vasco o Navarra. Tres comunidades en donde el PP, por méritos propios, es prácticamente irrelevante, mientras que Ciudadanos en Cataluña tuvo un mal resultado en las elecciones del 20-D y en el del País Vasco y Navarra no obtuvo representación parlamentaria, quizás por su falta de implantación y también por su postura contraria al concierto económico.

Esta es la cruda situación. No se ha llegado a ella de repente. Las señales de alarma saltaron hace ya bastante tiempo, pero quienes podían haber puesto remedio o al menos hacer frente desde la política prefirieron ignorar o mirar para otro lado. A quienes fuimos diciendo lo que podía suceder se nos tachó de extremistas, agoreros y cosas por el estilo. Pero lo cierto es que en la actualidad vivimos el peor momento desde la transición política, y lo más preocupante es que quienes llevan la iniciativa son grupos que no creen en el sistema o que quieren lisa y llanamente la ruptura del mismo mediante la puesta en marcha de procesos secesionistas.

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