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Miguel Ángel Blanco es de todos

Han sido muchas las presiones, algunas muy mezquinas, que el PP vasco y nacional han ejercido para que hoy no faltara nadie en Bilbao.

Cayetano González
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Muy desesperados y descentrados tienen que estar en el Gobierno y en el PP nacional y vasco por la falta de credibilidad que existe en la opinión pública sobre la política antiterrorista de Rajoy, para haberse atrevido algunos y consentido otros a hacer lo que han hecho esta tarde noche en Bilbao: utilizar un acto en homenaje de Miguel Ángel Blanco para intentar lavarse la cara y paliar el daño que les ha supuesto ante la sociedad española en general, y ante las víctimas del terrorismo en particular, la liberación del torturador y secuestrador de Ortega Lara, Josu Uribetxeberría Bolinaga.

Está muy bien –al parecer hoy tocaba eso– el discurso de firmeza pronunciado esta noche en el citado acto por Rajoy; ojala cumpla todo lo que ha dicho. Pero entonces, ¿por qué su Gobierno tomó la decisión política de conceder el tercer grado penitenciario a este terrorista, cuando la ley no le obligaba a ello, lo que permitió la posterior resolución de la Audiencia Nacional de concederle la libertad condicional? ¿Por qué se mantiene viva la denominada "vía Nanclares" puesta en marcha por Rubalcaba? ¿Por qué desde el Ministerio del Interior se trabaja en el regreso de etarras que están fuera de España en lugar de detener a los que están huidos de la Justicia? La política antiterrorista no se construye sobre discursos de firmeza en actos emotivos, sino en tener las ideas claras y aplicarlas en el día a día.

En lugar de preguntarse por qué la política antiterrorista de este Gobierno no tiene credibilidad, solivianta a las víctimas del terrorismo y desconcierta a sus votantes; por qué son muchos los españoles que sospechan que Rajoy y su ministro del Interior están administrando la "hoja de ruta" que pactó Zapatero con ETA; por qué los mayores apoyos que tiene esta política antiterrorista proceden del PSOE, del PNV, del grupo Prisa y ya para rematarlo del exjuez Garzón; por qué no se reconoce que estamos en vísperas de que ETA sea la primera o segunda fuerza política en las próximas elecciones vascas del 21-O y eso en sí es ya un triunfo de la banda terrorista y un drama para los demás; en lugar de preguntarse todo eso el Ejecutivo y la dirección del PP han optado por negar la mayor. Y cuando uno se niega a ver la realidad se puede llegar a lo que ha pasado hoy: utilizar en favor propio, manipulando los nobles sentimientos de la gente, un acto homenaje a alguien que es un símbolo y un referente para todos los españoles y no sólo para los del PP.

Porque todos los ciudadanos vivimos hace quince años con una enorme angustia las cuarenta y ocho horas transcurridas entre el comienzo de la tarde del jueves 10 de julio de 1997 –cuando se supo que un comando de ETA había secuestrado horas antes al joven concejal del PP de la localidad vizcaína de Ermua, Miguel Ángel Blanco– y las cuatro de la tarde del sábado 12 de julio de 1997, hora en que terminaba el plazo dado por ETA para que el Gobierno acercara al País Vasco a todos los presos de la banda si no quería que Miguel Ángel Blanco fuera asesinado, como triste y desgraciadamente sucedió.

Aquel "asesinato a cámara lenta" supuso un antes y un después en la reacción social y política frente a ETA y su entorno. En aquellas horas nació lo que se conoció como el "espíritu de Ermua"; se puso en marcha la rebelión cívica de una sociedad que se colocó de forma inequívoca junto a las víctimas del terrorismo. Todo eso asustó enormemente al nacionalismo gobernante del PNV porque fue consciente que por primera vez en la historia reciente del País Vasco no controlaba aquella marea social. El resultado fue que en lugar de seguir recorriendo el camino junto a los demócratas, el partido presidido entonces por Arzalluz se fue a Estella a pactar con ETA.

El retroceso de Zapatero

De aquello han pasado quince años. En el camino de la lucha antiterrorista han sucedido muchas cosas y no todas buenas. La llegada de Zapatero a la Moncloa en el 2004 supuso un retroceso en este campo. Mientras que los Gobiernos de Aznar habían conseguido poner a ETA contra las cuerdas y a su brazo político ilegalizado y por lo tanto fuera de las instituciones, el político socialista se embarcó en un proceso de negociación política con ETA que tuvo distintas fases, formas y maneras, pero que nunca se interrumpió, ni siquiera cuando la banda terrorista voló la T-4 de Barajas y asesinó a dos ciudadanos ecuatorianos.

Con la llegada del PP al Gobierno en noviembre del pasado año era esperable que las cosas cambiaran, que Rajoy volviera a aplicar la política antiterrorista de los Gobiernos de Aznar de los que el formó parte y que tan buenos resultados dieron. Ya fue mala señal que el pasado 20 de octubre, el día en que ETA anunció su "cese definitivo de la actividad armada", el líder del PP dijese aquello de que ese anuncio de ETA se había hecho sin "ningún tipo de concesión política" a cambio. Como si los españoles fueran tontos o desmemoriados y no tuvieran muy presente no una sino varias concesiones políticas hechas por Zapatero a ETA: desde la vuelta a las instituciones vascas y navarras de las diferentes marcas de los terroristas –el Partido Comunista de las Tierras Vascas en las elecciones autonómicas de 2005, las listas de ANV en el País Vasco y Navarra en las municipales y forales del 2007 y Bildu en las elecciones municipales del 2011– a la liberación del sanguinario etarra De Juana Chaos, pasando por la ignominiosa Conferencia Internacional de Paz celebrada en San Sebastián días antes del anuncio de ETA. Lo grave es que si para Rajoy nada de eso fueron concesiones políticas, ¿que lo sería?

Los deberes de Fernández Díaz

Por si lo anterior no fuese ya un mal presagio, el 10 de enero de este año, a los pocos días de constituido el Gobierno, Rajoy le pidió a su ministro del Interior que recibiera en su despacho del Palacete de la Castellana a Zapatero. Durante dos horas, Jorge Fernández Díaz y el presidente del Gobierno que más ha negociado con ETA estuvieron hablando largo y tendido. ¿De qué? Los protagonistas de ese inusual y chocante encuentro no lo han contado –aunque Zapatero sí quiso que se supiera que se había celebrado–, pero no hace falta tener unas dotes especiales de adivino para pensar que el expresidente le transmitió al ministro los compromisos a los que había llegado con ETA. Es decir que le puso tarea.

Efectivamente, Fernández Díaz, se aplicó en hacer los deberes: que si impulsar la "vía Nanclares" de Rubalcaba por aquí; que si acusar de "afán de venganza" a las asociaciones de víctimas del terrorismo que no le bailaban el agua por allá; que si fichar en diciembre a un asesor en temas antiterroristas de la solvencia del profesor Rogelio Alonso, para luego no hacerle ni caso porque no le gustaba lo que le decía y prefería escuchar a los asesores nombrados por Rubalcaba que mantiene en el Ministerio. Y como remate de este ingente despropósito llevado a cabo por alguien muy poco conocedor de un mundo tan sórdido y complicado como es el de ETA y sus ramificaciones en la política vasca, Fernández Díaz –lógicamente con el visto bueno de Rajoy– tomó el pasado mes de agosto la decisión política de conceder el tercer grado penitenciario al etarra Bolinaga.

Todo este episodio del torturador y secuestrador de Ortega Lara le ha abierto un boquete al Gobierno y al PP entre sus electores y ante la opinión pública de una magnitud desconocida. Ya lo advirtió hace muy poco la recién dimitida Esperanza Aguirre. Pero los Oyarzabal y Basagoiti de turno no han tenido mejor idea para intentar taparlo y ante la proximidad de las elecciones vascas que convertir lo que siempre ha sido un acto no partidista de homenaje a Miguel Ángel Blanco en algo que pudiera servir para hacer un "lavado de cara" al ejecutivo de Rajoy y al propio PP. Un acto que sólo formalmente ha estad organizado por la Fundación que lleva el nombre del concejal asesinado y que preside su hermana Mari Mar.

Las presiones para acudir al homenaje

Sería muy prolijo contar en este artículo todas las presiones, algunas muy mezquinas, que el PP vasco y nacional han ejercido para que hoy no faltara nadie en Bilbao, víctimas del terrorismo incluidas. En algunos casos, esas presiones han dado el resultado buscado; en otros, no. Ya se sabe que la línea que separa al que manipula del que se deja conscientemente manipular a veces es muy difusa. Allá cada cual con su conciencia.

Sin ánimo de ser exhaustivo –como diría nuestro Cesar Vidal–, hoy no han estado en la capital bilbaína personas que en condiciones normales si lo hubiesen hecho, entre otras razones, porque han estado en ocasiones anteriores: José María Aznar, Jaime Mayor Oreja, María San Gil, Ángel Acebes, Ignacio Astarloa, José Antonio Ortega Lara, Ana Iribar, Consuelo Ordóñez y Teresa Jiménez Becerril, entre otras. No han acudido por diferentes motivos de forma, aunque quizás con una misma razón de fondo no han estado en la capital vizcaína. Todas y cada una de ellas, como muchos españoles, hubiesen estado para apoyar y acompañar a la familia de Miguel Ángel. Pero me temo que todas y cada una de ellas no estaban muy dispuestas a que se las utilizara para otros fines mucho menos nobles. Porque les guste o no a los oyarzábales, basagoitis y Fernández Díaz de turno, Miguel Ángel Blanco no es de nadie y es de todos: en primer lugar es de su familia, de sus padres, de su hermana, pero también es de todos los españoles que supimos estar juntos en aquellas terribles cuarenta y ocho horas de julio de 1997.

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