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Otra moción de censura contra Rajoy

Rajoy ha sido constante y tenaz en su labor de desdibujar ideológicamente a su partido.

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Si en la reunión que el Comité Ejecutivo del PP celebrará este martes Mariano Rajoy no dice claramente que se va y que para su relevo convoca un congreso extraordinario, como muy tarde, a la vuelta del verano, estaría más que justificada otra moción de censura al político gallego, en este caso presentada por sus correligionarios. El problema es que tantos años de culto y sometimiento al líder, tantos comités ejecutivos o juntas directivas nacionales en que nadie se atrevía a pedir la palabra para algo tan recomendable como debatir con el jefe máximo, hace que ahora sea muy poco probable esa reacción interna que obligue a Rajoy a irse a su casa, y con él todas las personas que han sido cómplices necesarios de la descomposición del PP, lo que incluye a la exvicepresidenta del Gobierno Soraya Sáenz de Santamaría y a la secretaria general del propio partido, María Dolores de Cospedal.

La moción de censura ganada por Pedro Sánchez ha sido la guinda de un pastel que se empezó a elaborar en el Congreso de Valencia de 2008. Fue allí donde el PP de Rajoy empezó a renunciar a todas las señas de identidad de ese proyecto político de centro-derecha liberal que Aznar refundó en Sevilla a comienzos de 1990 y que gobernó España con muchas más luces que sombras de 1996 a 2004.

Rajoy ha sido constante y tenaz en su labor de desdibujar ideológicamente a su partido en cuestiones tan importantes como la defensa de la unidad territorial, sobre todo ante el desafío independentista planteado desde Cataluña; la derrota del proyecto político totalitario de ETA; el apoyo real y no sólo de palabra a las víctimas del terrorismo; la defensa de la lengua común y el derecho de los ciudadanos a emplearla en cualquier punto del territorio nacional; el desmontaje de los pilares de la nefasta etapa de Zapatero (memoria histórica, ideología de género, etc.). En definitiva, hacer del PP un partido irreconocible para su electorado natural; un partido, además, enormemente castigado por los diferentes casos de corrupción.

Ante este panorama, y después de haber sido desalojado del poder por su tancredismo, por su enrocamiento, por no haber dimitido para al menos dificultar la llegada de Sánchez a la Moncloa ni peleado un nuevo proceso de investidura, lo único que no puede hacer Rajoy es intentar seguir más allá de un periodo razonable, pero corto, que conduzca a su relevo en la presidencia del PP. Los militantes y no digamos los votantes de este partido se merecen que otros dirigentes intenten refundarlo, para lo que será necesario volver a recuperar los principios y valores que hicieron del PP el gran partido del centro-derecha en España.

Pero si Rajoy tuviera la tentación de seguir y los suyos no consiguieran echarlo, tendrán que ser los que han sido fieles votantes del PP los que tomen esa decisión en las urnas. Y el calendario está bastante animado: lo normal es que la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, adelante al próximo otoño las elecciones autonómicas en su comunidad; y el 26 de mayo de 2019 habrá una triple cita con las urnas: europeas, municipales y autonómicas en trece comunidades. Y en un plazo máximo de dos años –la lógica de los hechos es que no se agote-, unas elecciones generales convocadas por Pedro Sánchez desde el poder. Si Rajoy no da un paso a un lado, será el suicidio del PP, un suicidio en el que tendrán una enorme responsabilidad no sólo el ya expresidente del Gobierno sino todos los que han sido colaboradores necesarios de tanto despropósito, que ha tenido como punto culminante el desalojo del PP del poder ante un PSOE con 85 escaños.

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