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Rajoy está feliz con sus ministros, los ciudadanos no

Una parte importante de los que se sientan en el Consejo de Ministros son sus amigos, y a los amigos no se les hacen faenas.

Cayetano González
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El presidente del Gobierno ha dicho en París que está muy contento con sus ministros y que en consecuencia no piensa introducir más cambios en el Ejecutivo que el obligado por el cese-dimisión la pasada semana, a raíz del auto del juez Ruz sobre una de las piezas del caso Gürtel, de su amiga y ya exministra de Sanidad Ana Mato.

Lo primero que debería tener en cuenta Rajoy es que han pasado ya cinco días desde el cese-dimisión de Ana Mato y no ha pasado nada. Nadie ha echado de menos un titular de la cartera de Sanidad; nadie le ha exigido que nombrase inmediatamente a su sustituto; el ministerio del que era responsable la cesada ha seguido funcionando al igual que los servicios sanitarios en todo el país, si bien es cierto que las competencias de Sanidad están transferidas hace varios años a las comunidades autónomas.

Por lo tanto, un observador no necesariamente muy avispado y sin demasiada mala intención podría plantearse: ¿realmente pasaría algo si no hubiera ministro/a de Sanidad? ¿No podríamos ahorrarnos los sufridos contribuyentes esta cartera ministerial? Me atrevo a sugerir al presidente que haga la prueba: aplace el nombramiento del nuevo ministro hasta después de las Navidades, espere a ver qué pasa y, después de Reyes, tome la decisión.

Dicho lo cual, el que Rajoy esté contento con sus ministros es un dato importante para la tranquilidad personal y laboral de estos, al menos durante un año, pero poco más. Los ciudadanos no están tan contentos ni con el presidente ni con sus ministros. Las diversas encuestas de valoración de los miembros de Gobierno y de la confianza que suscitan son demoledoras al respecto: todos suspenden y algunos –entre ellos el propio Rajoy– con una nota muy baja, propia de los malos estudiantes que repiten curso.

¿Que el Gobierno necesitaría tener un mayor impulso político a un año de unas elecciones generales que pueden ser cruciales para el futuro de nuestra nación? Rajoy debe de pensar que eso son cosas de los medios de comunicación y de los periodistas, que están todo el día incordiando y viendo cómo meter el dedo en el ojo presidencial. Él a lo suyo. Además, para impulso político ya está Soraya, que como todo el mundo sabe representa a la perfección los valores que en otro tiempo hicieron grande al PP, aunque ella llamara a la puerta de Génova para echar el curriculum en 1996. Representa tan bien esos valores, que la actual vicepresidenta podría ocupar ese mismo puesto, pongo por caso, en un Gobierno de coalición del PSOE con CiU y no desentonaría. Es que Soraya es, como se dice ahora, muy transversal, con perdón.

Que Rajoy se resista como gato panza arriba a introducir cambios en el Consejo de Ministros encaja a la perfección con el perfil del personaje. A él, y en esto todos los presidentes que han pasado por el Palacio de La Moncloa son iguales, no le gusta que le hagan las crisis. Rajoy siempre ha presumido de ser muy independiente y de no deber nada a nadie. Además, estas cosas de los cambios le suelen dar mucha pereza. Y aunque tenga ya varios cadáveres de compañeros del partido amontonados en el armario, hay que tener en cuenta que una parte importante de los que se sientan en el Consejo de Ministros son sus amigos, y a los amigos no se les hacen faenas.

El problema es que las crisis de Gobierno se suelen producir por tres vías: o las hace el presidente, marcando el ritmo y la iniciativa; o las va haciendo la vida misma, con sus dimisiones o ceses –Rajoy lleva ya tres, por diferentes motivos–, o te las hacen los ciudadanos en las urnas. En este tercer supuesto, las crisis suelen ser tan fulminantes que los afectados hacen el análisis de la misma desde el sofá de sus casas. Y al paso que va el Gobierno y el PP, queda un año para que Rajoy compruebe en primera persona cómo los españoles le hacen una crisis que nunca olvidará, ni él ni sus ministros. Pero mientras ese momento llega, si el presidente está contento con ellos, ¿quiénes somos nosotros, humildes ciudadanos, para privarle de ese estado pasajero de felicidad?

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