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Charles Krauthammer

El poder de cuatro dólares

A 4 dólares, estamos ante un mundo nuevo en el que los estadounidenses se transforman en criaturas racionales: el número de personas que utilizan el transporte público ha alcanzado su punto máximo en 50 años

Charles Krauthammer
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Ahora ya lo sabemos: el precio de inflexión es cuatro dólares. A 3 dólares el galón de gasolina (4,5 litros), los norteamericanos se limitan a encajar el golpe, poner al mal tiempo buena cara y, mientras se quejan con vehemencia, seguir conduciendo como locos. A 4 dólares, estamos ante un mundo nuevo en el que los estadounidenses se transforman en criaturas racionales: el número de personas que utilizan el transporte público ha alcanzado su punto máximo en 50 años y el uso del vehículo particular ha bajado un 4% (cualquier descenso de este tipo en los EE.UU es algo casi milagroso). Los automóviles híbridos y los compactos se venden como churros. Las ventas de todoterrenos están en caída libre.

El abandono general de los vehículos que más gasolina consumen sorprende por su celeridad, aunque resulta completamente predecible. Todo tiene un precio. ¿Recuerda aquel "romance" con los todoterreno? Al parecer, el amor también tiene su precio. El súbito cambio en los hábitos de adquisición de vehículos en Estados Unidos deja en ridículo aquel absurdo debate celebrado el pasado mes de diciembre en el Congreso sobre los criterios de eficiencia de los combustibles. Se trataba de saber el número medio de millas que debía recorrer cada coche salido de la fábrica por galón de gasolina que la industria tenía que cumplir antes de una fecha determinada.

Al final se sacaron de la manga dos cifras, 35 millas por galón y el año 2020. Como siempre, esto conlleva docenas de reglamentos, vacíos legales y palos de ciego. Y la experiencia nos dice lo que estas medidas suelen producir. Cuando el combustible está barato y todo el mundo quiere un coche que consuma a espuertas, los estándares de eficiencia en la combustión obligan a los fabricantes a ofrecer automóviles que nadie quiere comprar. Cuando los precios de la gasolina se disparan, este factor de ineficiencia se vuelve completamente redundante.

A 4 dólares el galón, la composición del parque automovilístico está cambiando de forma espontánea de la noche a la mañana, y no durante los 13 largos años establecidos por el Congreso (hasta Stalin tuvo la modestia de restringir sus planes a cinco años). Hace un par de semanas, General Motors anunció el cierre de cuatro plantas de fabricación de vehículos 4x4 y camionetas, un turno adicional en sus fábricas de compactos y utilitarios en Michigan y Ohio y el lanzamiento en 2010 del Chevy Volt, un híbrido.

Algunas cosas, como por ejemplo la fisiología renal, son difíciles. Otras, como la paz entre árabes e israelíes, directamente imposibles. Y luego están las que por naturaleza son simples. ¿Que quiere usted vehículos de consumo más eficiente? No regule. No promulgue. No reprima. No apele a los mejores instintos de nuestra naturaleza. Haga una sola cosa: suba el precio de la gasolina hasta encontrar el punto de inflexión. Por desgracia, en vez de hacerlo mediante impuestos reembolsados instantáneamente a los ciudadanos en forma de retenciones más bajas en las nóminas, dejamos que sean los saudíes, los venezolanos, los rusos y los iraníes quienes hagan la operación por nosotros y se embolsen el dinero del impuesto que de otra forma habría sido devuelto al trabajador norteamericano.

Esto es demencial. Desde que hace 25 años publicara El pánico de la burbuja de los combustibles, en la revista The New Republic (febrero de 1983), he estado defendiendo inútilmente este remedio: un impuesto norteamericano a los hidrocarburos para recortar el consumo y hacer que el dinero quede en casa. En 2004 y en noviembre de 2005 insté desde aquí al Estado a que por medio de un impuesto estableciese un precio mínimo de la gasolina, gravando cualquier descenso por debajo de un límite fijo. La idea era reprimir la demanda y mantener los ahorros fruto de cualquier caída de precios en las arcas públicas en lugar de enviarse al extranjero. En aquel momento, el petróleo estaba a 41 dólares el barril. Ahora se encuentra a 123.

Pero en lugar de hacer lo obvio (el impuesto de marras) sufrimos espasmos de medidas destructivas tales como criterios de eficiencia, el fomento obligatorio del etanol y ahora el demencial sistema de intercambio de emisiones de dióxido de carbono que el Senado está debatiendo. Estas políticas constituyen regulaciones infinitamente complejas que producirán ineficiencia e invitarán a la corrupción. Sin embargo, poseen una virtud singular: ocultan el precio al consumidor.

¿Quiere que nos desenganchemos del petróleo? Entonces sea sincero y honrado. Los británicos están pagando ocho dólares por un galón de petróleo. Goldman Sachs predice que nosotros pagaremos 6 dólares antes del año que viene. ¿Por qué dejar que los 2 dólares extra (por encima de los 4 dólares actuales) se vayan al extranjero? Lo mejor sería que se fueran al Ministerio de Hacienda en forma de impuesto a las gasolinas y que se devuelvan por medio de una rebaja de las retenciones en las nóminas.

Anuncien un calendario de incrementos fiscales a las gasolinas de 50 centavos cada seis meses durante los dos próximos años. Después, sitúe un precio mínimo por debajo de los 4 dólares, de manera que mientras los altos precios de los combustibles transforman la flota automovilística norteamericana, los hábitos de conducción cambian y por tanto se produce una enorme reducción de la demanda en los Estados Unidos, lo cual conllevará una disminución drástica de los precios mundiales del crudo. Además, los beneficios serán aprovechados por el consumidor y la economía norteamericana. Aquí concluye mi ejercicio anual de futilidad. El año que viene, mientras yo defienda de nuevo el precio mínimo tasado, usted estará pagando la gasolina a precio de oro.

© The Washington Post Writers Group

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