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Charles Krauthammer

El timo de Obama

No es tonto Obama. Mientras persuade a los republicanos de dar un empujón a sus posibilidades de reelección, les obliga a hacer mofa de su papel de conversos a la disciplina fiscal y de alérgicos a la deuda.

Charles Krauthammer
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Barack Obama ganó la gran confrontación fiscal de 2010, y los demócratas de la Cámara ni se han dado cuenta. En el acuerdo alcanzado esta semana, el presidente cierra el estímulo más sustancial de la historia norteamericana, mayor incluso que su batería de gasto de 2009 por valor de 814.000 millones de dólares. Inyectará un billón de dólares a débito en la economía estadounidense durante los dos próximos años... que por casualidad son justamente los dos años previos a las próximas elecciones presidenciales. ¿Esto es una derrota?

Si Obama hubiera solicitado un segundo estímulo directamente, habría sido el hazmerreír de la ciudad. El Estímulo I fue tan vilipendiado que los demócratas desterraron el término de su léxico durante la campaña de las legislativas. Y, sin embargo, a pesar de encontrarse en una posición negociadora muy precaria, Obama convenció a los republicanos de elevar el gasto y bajar los impuestos por valor de 990.000 millones de dólares durante los próximos dos años (630.000 millones de dólares por encima, y mucho más allá, de la ampliación de las bajadas tributarias de Bush). No es moco de pavo. Después de todo, se trata de los mismos republicanos que pasaron 2010 haciendo campaña a cuenta del gobierno limitado y de la reducción de la deuda.

Algunos republicanos alardean de que el Estímulo II es al estilo republicano –recortes fiscales en su mayor parte– en lugar de la orgía de gasto público del Estímulo I de los demócratas. ¿Eso es un consuelo? Tal cosa significa simplemente que los republicanos llegan dos años tarde. El Estímulo II abrirá otro boquete en los presupuestos de casi un billón de dólares. Y lo hará a un gran precio que habrá que pagar en el futuro, pero que mientras tanto añadirá hasta un punto porcentual al PIB y rebajará la tasa de paro alrededor de 1,5 puntos porcentuales. Ésa podría ser fácilmente la diferencia entre la victoria y la derrota en 2012.

No es tonto Obama. Mientras persuade a los republicanos de dar un empujón a sus posibilidades de reelección, les obliga a hacer mofa de su papel de conversos a la disciplina fiscal y de alérgicos a la deuda. ¿Y a cambio de qué saca todo esto? De un simple aplazamiento de dos años a un minúsculo incremento de 4,6 puntos del tipo marginal en el caso de las rentas medias-altas, y de un tipo fiscal de propiedades del 35%, que es ligeramente inferior a lo que querían los demócratas.

No, grita la izquierda: Obama vulnera un principio sagrado. ¿Un tipo del 39,6% frente al 35% es un "principio"? A cambio de renunciar temporalmente a un pequeño incremento de los tipos sobre las rentas altas, Obama se saca de la chistera un estímulo masivo nuevo que la izquierda viene suplicando desde el fracaso del Estímulo I, pero que antes era políticamente inalcanzable.

La exasperación pública de Obama con el izquierdismo infantil es tan perfectamente comprensible como políticamente hábil. Es su forma de volver a la apariencia de moderación centrista. La única forma de tener una segunda oportunidad entre los independientes que le eligieron en 2008 –y le abandonaron en 2010– es cambiar la percepción vigente (y correcta) de que es un caballero de izquierdas.

De ahí el ataque en rueda de prensa a lo que la administración llama "la izquierda profesional" a cuenta de su maridaje entre mojigatería y miopía. Fue para Obama el momento Sister Souljah de distanciamiento de los radicales. Revistió una sinceridad irritada –por la estupidez ideológica de la izquierda y su incapacidad para comprender su verdadero plan maestro– pero también una faceta decididamente calculada. ¿A dónde, después de todo, va la izquierda? ¿Se queda en su casa en las presidenciales de 2012? ¿Vota a los republicanos?

No, dice el actual rumor, la izquierda desafiará a Obama en su lugar por la candidatura demócrata. ¿A estas alturas? Durante décadas los afroamericanos han constituido el electorado más fiel de esta formación. Votan 9 a 1 a los demócratas contra viento y marea, contra recesión y degradación presidencial, contra cualquier inclemencia. Tras cuatro siglos de soportar tanto, los afroamericanos ven por fin a uno de los suyos alcanzar la presidencia. ¿Y su propio partido le va a negar una oportunidad de reelección propia?

Ni siquiera los demócratas son tan idiotas. El interrogante en el aire es si son idiotas lo justo para no comprender –y por tanto rechazar– el timo del año recién chuleado por su propio presidente.

© The Washington Post Writers Group

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