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Charles Krauthammer

Una economía politizada

Antes era imprescindible ir a Nueva York para buscar el capital necesario para invertir. Ahora Wall Street está sin blanca, por lo que las compañías deben acudir a Washington para solicitarlo.

Charles Krauthammer
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En los viejos tiempos –desde los días de la República veneciana hasta, oh, el rescate de Bear Stearns– si usted quería ser rico, tenía que lograrlo al estilo de Warren Buffett: aprendiendo a leer los balances contables de las empresas. Hoy, en cambio, hay que interpretar los gestos políticos. No hay que anticipar los beneficios trimestrales de Intel; en su lugar, resulta más conveniente prever con qué pie se levantará Henry Paulson de la cama.

La enorme volatilidad bursátil actual no es sólo un síntoma de la incertidumbre (el miedo no explica los bandazos al alza del mercado), sino la reacción a sucesos que van más allá de la economía: las decisiones políticas.

Tal y como argumenta el economista Irwin Stelzer, hemos pasado de una economía de mercado a una economía politizada. Tomemos como ejemplo siete días de noviembre. El martes 18, Paulson insinuaba que sólo iba a utilizar la mitad de los 700.000 millones de dólares de los fondos del rescate para así dejarle el resto a su sucesor. ¿Cuál fue el mensaje que recibió Wall Street? "He terminado con mi trabajo, recojo los trastos y me marcho".

Ante la amenaza de enfrentarse a dos meses enteros de parálisis política, el mercado se desmoronó. El S&P sufrió el mayor descalabro en dos sesiones consecutivas desde 1933 (que no hace falta recordar que no fue un año demasiado bueno), especialmente por la caída de los valores bancarios. Pero, ¿por qué perdieron valor las entidades financieras si su solvencia no varió en dos tardes?

Al día siguiente, el viernes, se filtró a las 3 de la tarde la noticia del inminente nombramiento de Timothy Geithner como secretario del Tesoro. La constatación de que habría continuidad política –continuidad en la intervención autoritaria de la economía por parte del tipo que ha estado trabajando con Paulson codo con codo desde un principio– disparó el Dow 500 puntos en sólo una hora.

El lunes presenciamos otro incremento de 400 puntos, el mayor en términos porcentuales desde 1987. ¿Por qué? Porque se habían unido tres noticias políticas: el rescate de Citigroup durante el fin de semana; la presentación oficial del equipo económico de Obama (Geithner y Larry Summers); y un Paulson que se replantea su renuncia a utilizar los 350.000 millones de dólares restantes para rescatar a los bancos durante los dos próximos meses.

Todo esto hizo rebotar al mercado en una clara demostración de cuánto influye la política en nuestra economía.

Puede que un día regresemos a la economía de mercado, pero mientras tanto debemos ser conscientes de las dos consecuencias más importantes de nuestra nueva economía politizada: la importancia creciente que cobrarán los grupos de presión y las masivas ineficiencias que provocarán las intervenciones políticas en el mercado.

La actividad de los lobbys solía consistir en lograr pequeños privilegios: una excepción en las regulaciones por aquí o un subsidio por allá. Pero su labor actual ha cambiado, ya que el éxito de sus gestiones puede implicar la diferencia entre vivir o morir: o bien el Gobierno rescata a su empresa o quiebra.

Antes, por ejemplo, era imprescindible ir a Nueva York para buscar el capital necesario para invertir. Ahora Wall Street está sin blanca, por lo que las compañías deben acudir a Washington para solicitarlo. Al fin y al cabo, la Administración ya ha entregado a fondo perdido sumas enormes de dinero; motivo por el cual, Obama, aun sin ser responsable, estará sometido a la presión más intensa de la historia de Estados Unidos.

Pero también se van a producir otro tipo de ineficiencias derivadas de las nuevas funciones que se han arrogado los políticos.

En primer lugar, los senadores ya han amenazado a los directivos de los bancos de que no atesoren el dinero que se les ha entregado por el rescate. Pero atesorar los fondos equivale a recapitalizarse y sanear las cuentas con el fin de garantizar su solvencia. ¿No es ésa la principal responsabilidad de los directivos? ¿Y acaso la actual crisis no es consecuencia de haber prestado cantidades ingentes de dinero sin ningún control y con muy poco capital como base? No importa. Los banqueros tendrán que ceder frente a las presiones políticas. La prudencia será sustituida por el politiqueo.

Aún más discrecionales serán las órdenes que reciban los directivos de un sector automovilístico nacionalizado. El senador Charles Schumer considera "inaceptable" que estas compañías tengan como referencia "un modelo empresarial basado en la gasolina". En su lugar, decía el senador, "necesitamos uno basado en los coches del futuro: los utilitarios eléctricos".

¿Coches del futuro como el Chevrolet Volt, por ejemplo? Este vehículo tiene problemas serios que todavía no se han resuelto: recorre sólo 64 kilómetros en cada recarga y se venderá por 40.000 dólares, aun cuando reciba un subsidio público de 7.500 dólares por unidad. ¿Quién, aparte de los ricos y los ciudadanos políticamente correctos, va a elegir ese coche en lugar de un Hyundai a gasolina de 12.000 dólares? El nuevo sector del automóvil estadounidense dirigido por Schumer hará que los hornos del acero de la Unión Soviética parezcan modelos de eficiencia.

Los demócratas en el poder tienen que elegir: o rescatar esta economía para regresar al mercado o utilizar esta crisis para hacerse con el control de la cúpula empresarial bajo el pretexto del bien público.

Nota: lo segundo ya se ha intentado y sus resultados están en el archivo "Historia, basurero de la".
© The Washington Post Writers Group

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