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Otra vez Afganistán

Si la lucha contra el terrorismo es demasiado para la generación de hoy, nos mereceremos lo que venga después.

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Esta semana hace ocho años, Osama Bin Laden contempló y luego se regocijó al ver como el atentado terrorista que él había autorizado destruía el World Trade Center y parte del Pentágono, matando a miles de americanos inocentes.

En aquel momento, Bin Laden estaba en Afganistán, que también en aquel momento estaba gobernado por los talibanes. Poco tiempo después, las fuerzas de Estados Unidos y sus aliados afganos antitalibán derrocaron a los talibanes. Bin Laden y el mulá Omar, líder de los talibanes, huyeron a través de la montañosa frontera afgana hasta las agrestes áreas tribales al noroeste de Pakistán. Desde esa base organizaron una insurrección contra las fuerzas americanas y de la OTAN así como contra el nuevo gobierno afgano.

Ahora los conservadores americanos se encuentran divididos ante este conflicto. El debate en la derecha es interesante pero académico: Barack Obama –ni por asomo un conservador– es el presidente. Durante su campaña para llegar a la Casa Blanca, Obama criticó duramente al presidente Bush por desviar hacia Irak los recursos necesarios para Afganistán, esa "guerra correcta" que Estados Unidos debe librar y ganar, según se encargó de enfatizar él mismo. En el momento en el que Obama se convirtió en presidente, nombró a su propio comandante para Afganistán, el general Stanley McChrystal y, a principios de este año, el presidente envió 21.000 tropas adicionales como un adelanto del aumento de recursos necesarios para darle la vuelta a la situación.

Pero si Obama pretende tener éxito en esta misión, hará falta algo más que solamente tropas en el terreno y aviones robot en el aire. También tendrá que utilizar sus nada despreciables poderes de persuasión y explicar tanto que vale la pena ganar en Afganistán como que es un conflicto ganable.

Si Obama no se siente capaz de hacerlo, al menos con tanta pasión como le pone al asunto de la reforma sanitaria, como dan fe sus más de cien discursos sobre el tema, el apoyo para librar la guerra en Afganistán se evaporará y nada de lo que los conservadores que están a favor de la misión digan, escriban o hagan podrá evitarlo. ¿Será que la historia ofrece precedente alguno sobre algún comandante supremo que haya llevado a su nación a la victoria en la guerra siendo ambivalente?

Desde las filas conservadoras, el columnista George Will ha sido contundente al afirmar que las tropas americanas están más metidas en la tarea de construcción de naciones y promoción de la democracia que en luchar contra los enemigos de Estados Unidos; algo que en un rincón tan remoto del mundo, en el mejor de los casos, parece el castigo de Sísifo.

 

Los conservadores que están a favor de la misión sostienen que promover el desarrollo económico y fomentar una mejor gobernabilidad son simplemente parte de la contrainsurgencia, el método de guerra (que Estados Unidos tuvo que aprender por las malas en Irak) con más probabilidades de producir los mejores resultados contra los yihadistas militantes en los campos de batalla del Tercer Mundo.

Yo enfatizaría lo siguiente: lo de Afganistán no es una guerra. Es sólo una batalla más de lo que (yo no soy el primero en deducirlo) va a ser una larga guerra, un conflicto mundial en el que Estados Unidos y Occidente deben defenderse de un enemigo insidiosamente peligroso, surgido de las entrañas del mundo islámico.

Es tanto una guerra de ideas como de territorio. En realidad, como propiedad inmobiliaria, Afganistán es de valor mínimo. Pero lo que allí suceda ayudará a determinar cómo entendemos esta lucha y quién saldrá victorioso de ella; lo mismo se puede decir de nuestros enemigos y de los millones de personas en todo el mundo que aún no han tomado partido.

"La retirada soviética de Afganistán fue la que contribuyó a buena parte del imaginario para el 11-S", según precisa el columnista del Wall Street Journal Bret Stephens. "Si se podía acabar con una superpotencia, ¿por qué no con la otra?". 

El general McChrystal y su comandante, el general David A. Petraeus (brillante estratega militar) saben lo que hace falta llevar a cabo para ganar la batalla de Afganistán. Solamente nos están pidiendo que les demos tropas, armas y apoyo.

Lo que es menos seguro es saber a ciencia cierta si nuestros líderes, sin importar el color político, tienen una estrategia coherente para ganar el conflicto global. Me temo que Bin Laden tenía razón cuando apuntó que la mayoría prefiere apostar por un caballo fuerte que por uno débil.Lo que implica estratégicamente es que Estados Unidos y los pocos aliados a los que les quede algo de espíritu de lucha deberán darlo todo para ganar a Al-Qaeda, a los talibanes y a otros islamistas militantes.

La cruda realidad es que los generales que acumulan victorias atraen reclutas mientras que los generales que pierden terminan quedándose solos. Además, en una guerra contra fanáticos religiosos (que no son, como dijo David Gregory de la cadena americana de televisión NBC recientemente, "un movimiento nacionalista"), no hay editorial, discurso o eslógan que demuestre la ausencia de apoyo divino de forma tan convincente como la derrota en el campo de batalla. 

Cada vez que los infieles huyen afirmando que "¡ésta es una guerra que no se puede ganar!" o peor aún "¡ésta es una guerra que no se puede ganar militarmente!", los yihadistas radicales salen ganando. Por el contrario, cada vez que los yihadistas huyen porque no pueden hacerle frente "a la tribu más fuerte", ellos pierden algo más que un simple enfrentamiento y líneas en un mapa.

"Rogamos que Alá nos permita destruir la Casa Blanca, Nueva York y Londres", dijo Baitulá Mehsud, entonces líder de los talibanes pakistaníes. Su reciente muerte (lo mató un avión robot americano lanzado desde Afganistán) sugiere que sus ruegos no fueron escuchados. También sugiere que su belicosa interpretación del islam podría ser un callejón sin salida, tanto en sentido figurado como literal.

Era transcendental que las fuerzas americanas y nuestros aliados iraquíes derrotasen a Al-Qaeda en Irak (y si promover la democracia no es su principal prioridad, no se inquiete si el gobierno iraquí tiene defectos). Nos será útil derrotar a los talibanes en Afganistán (pero no espere que se convierta en la Costa Rica del Hindu Kush, habrá que conformarse con dejar fuerzas locales bien entrenadas para defenderse).También seráimprescindible que ejerzamos máxima presión sobre el régimen islamista en Teherán que ha estado librando una guerra contra nosotros durante 30 años y que, de Afganistán a Irak, de Gaza a Argentina, hoy está prestando su apoyo a terroristas.

Si esta lucha es demasiado para la generación de hoy, nos mereceremos lo que venga después. Los americanos están acostumbrados a decir que la libertad no es gratis y que generación tras generación debe ganarse el derecho a su disfrute. Ya sé que a oídos del siglo XXI eso suena a melodrama. Sin embargo, no por eso es menos cierto.

Nuestros enemigos creen que la historia y Dios están de su parte. Están deseosos de luchar por la victoria, la cual definen como repartir muerte, destrucción y humillación. Así lo afirman sin remilgos en sus discursos y sermones. Ciertamente no buscan engañar a nadie. Más bien cuentan con que nosotros nos autoengañemos. Ocho años después del 11-S, con muchos en la izquierda y en la derecha apoyando una retirada y con un presidente americano que no parece saber lo que quiere, ¿puede alguien afirmar con certeza que nuestros enemigos se equivocan al pensar como lo hacen?

©2009 Scripps Howard News Service
©2009 Traducido por Miryam Lindberg

©2010 Scripps Howard News Service
©2010 Traducido por Miryam Lindberg

Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias, institución investigadora dedicada al estudio del terrorismo

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