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¿Qué hacer en Afganistán?

Muchísima gente está igual de ciega que en los años 30 ante la gravedad de la amenaza que representa el movimiento jomeinista surgido en Irán en 1979 y el movimiento Al Qaeda surgido en Pakistán y Afganistán en 1988.

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No critiquemos al presidente Obama por reconsiderar su estrategia en Afganistán. Critiquémoslo por reconsiderar su estrategia solamente en Afganistán. Aunque va camino del final de su primer año en el cargo, su administración todavía no ha desarrollado un plan coherente e integral para defender a los americanos de movimientos, grupos y regímenes que se ven como declarados enemigos nuestros, explícitos en sus intenciones –por ejemplo, "Un mundo sin Estados Unidos"– y, a menos que tomemos medidas para evitarlo, unos enemigos que muy pronto tendrán las capacidades nucleares que facilitarán su misión.

La administración Bush libró la que denominó "guerra global contra el terrorismo". Esta frase poco acertada sugería que nuestra lucha era contra un arma en vez de contra un enemigo que usa esa arma. Pero al menos reconocía lo obvio: que se estaba librando una guerra asimétrica contra Estados Unidos y otras naciones libres.

La administración Obama ha rechazado la guerra global contra el terrorismo. Sus portavoces afirman que no hay conflicto mundial, solamente "operaciones de contingencia en el exterior". El problema con este enfoque no es solamente semántico. Es conceptual.

En su nuevo libro Accomplice to Evil: Iran and the War Against the West (Cómplice del Mal: Irán y la Guerra contra Occidente), Michael Ledeen, el investigador especializado en temas de libertad de la Fundación por la Defensa de las Democracias (instituto investigador que presido) se pregunta por qué, en los años 30, tanta gente, por lo demás muy lista, estaba tan ciega ante la gravedad de la amenaza que representaba el movimiento nazi surgido en Alemania, el movimiento militarista en Japón y el movimiento fascista en Italia.

Sin importar la explicación, nosotros quizás podríamos haber aprendido de esa experiencia. No obstante, muchísima gente, por lo demás muy lista, está igual de ciega ante la gravedad de la amenaza que representa el movimiento jomeinista surgido en Irán en 1979 y el movimiento Al Qaeda surgido en Pakistán y Afganistán en 1988.

Estos movimientos son rivales –el jomeinismo atrae mayormente a musulmanes chiítas, mientras que Al Qaeda atrae a suníes– pero ambos cooperan y conspiran contra los que ven como enemigos comunes. Uno o ambos tienen lazos con otros grupos librando una guerra contra los "infieles": los talibanes, Hizbolá, Hamás. Los wahabitas de Arabia Saudí atizan el fuego de la ira islámica en mezquitas, madrasas y medios de comunicación, y utilizan sus enormes ingresos petroleros para financiar a terroristas islamistas, insurgentes y militantes en todo el mundo.

"El aumento de movimientos mesiánicos no es algo nuevo y hay poco que no sepamos ya de ellos", indica Ledeen en su libro. Sin embargo, "parece que se admite poco la premisa de que estamos bajo el ataque de un tipo ya conocido de enemigo y hay gran renuencia a actuar en consecuencia".

Para la administración Obama, reconocer que hay un conflicto global en marcha no debería implicar necesariamente adoptar la estrategia de Bush para hacerle frente. Por el contrario, se le podría dar crédito a Bush por haber evitado un segundo ataque en suelo americano durante ocho años mientras que simultáneamente se podría criticar a su administración por no alcanzar mayores objetivos: no llevar a Osama bin Laden ante la justicia, no destruir la base de Al Qaeda en Pakistán, no derrotar a los talibanes en Afganistán, no haber respondido con firmeza al ver que Irán usaba como blancos de tiro a tropas americanas en Irak y Afganistán; no hacer nada para frenar a Irán y su programa de armas nucleares, no apelar con mayor efectividad a los musulmanes moderados en el mundo entero para que se opongan a los extremistas en sus comunidades...

Todos, los nazis alemanes, los fascistas italianos y los militaristas japoneses tenían cuentas por ajustar. Y buscaron ajustarlas –y aumentar su poder– con la guerra y la conquista. La respuesta del presidente Roosevelt no fue buscar la "resolución de conflictos". Su objetivo fue derrotar a estos enemigos completa e incondicionalmente. Después de eso, Estados Unidos pudo ayudar con firmes iniciativas de reconstrucción y así lo hizo.

Roosevelt también comprendió que él no estaba librando una guerra en Europa, otra en el Pacífico y una tercera en el norte de África. Él comprendió que se trataba de teatros de operación separados pero de un único frente de defensa de Occidente, para proteger el frágil experimento democrático de manos de aquellos que se habían propuesto destruirlo. Lo difícil fue decidir dónde usar nuestros recursos finitos para así maximizar la presión sobre nuestros enemigos.

Reconociendo que los yihadistas militantes están luchando desde múltiples frentes, desde Irak, pasando por Afganistán, Gaza, el Líbano hasta Pakistán y que quienes los ayudan son Siria, Sudán, Venezuela, Rusia y otros regímenes hostiles a Estados Unidos, el ver la lucha actual de la misma forma ayudaría a despejar el pensamiento estratégico de esta administración. 

En Afganistán, Obama parece estar contemplando tres opciones. Podría ir a por todas, concediendo a su comandante, el general Stanley McChrystal, los recursos necesarios para una campaña prolongada y a gran escala de contrainsurgencia. Podría favorecer una retirada total, llevándose todas las tropas y prácticamente aceptando el regreso de los talibanes al poder e incrementando el riesgo de que los extremistas, o aquellos dispuestos a que éstos los guíen, se hagan con el poder en el vecino Pakistán. O bien podría mantener el statu quo que significaría, en el mejor de los casos, una derrota americana en cámara lenta después de años de dura lucha.

No es una decisión fácil. Pero hacerlo correctamente requiere preguntarse cómo afectará el resultado de esta batalla el conflicto más amplio, la "guerra contra Occidente" que es la verdadera "guerra de necesidad". Sin embargo, Obama y sus asesores no se harán esa pregunta hasta el momento en que, y a menos que, reconozcan que ya estamos inmersos en esa guerra.

©2009 Scripps Howard News Service
©2009 Traducido por Miryam Lindberg

©2010 Scripps Howard News Service
©2010 Traducido por Miryam Lindberg

Clifford D. May, antiguo corresponsal extranjero del New York Times, es el presidente de la Fundación por la Defensa de las Democracias, institución investigadora dedicada al estudio del terrorismo

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