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Democracia y populismo

Pero elecciones no es sinónimo de democracia, es un requisito, es la forma, es el procedimiento. Pero no la define, la hace posible. Es el requisito necesario, pero no suficiente.

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¿Hay un giro hacia la izquierda en América Latina? Esta es la pregunta que se hacen los analistas latinoamericanos. La respuesta general es que hay un desplazamiento hacia la izquierda en el espectro político de la región. Por cierto, esto es una verdad a medias. Definir la política latinoamericana en términos de derecha e izquierda nos dice poco. ¿Podríamos comparar a la socialista Bachelet con el MAS de Evo Morales? ¿Hay varias "izquierdas" que conviven todas ellas en este momento? ¿Hay una izquierda más pragmática? Estas categorías no nos facilitan el análisis de lo que ocurre políticamente en nuestros países y, en gran medida, lo confunden.

Lo que podemos observar en la región es que, atravesando esta categoría ideológica, hay otra que denota la intensidad de las misma: es la distinción entre extremistas y moderados. Esta categoría no tiene que ver con los fines sino con los medios a los que se recurre, a los procedimientos con los que se llevan adelante las políticas de gobierno o, en tiempos de campaña, el lugar donde se encuentra el discurso. Por ello, si comparamos los candidatos que salieron segundos en las últimas elecciones celebradas en la región, Perú y Colombia (en el caso peruano nos referimos a la segunda vuelta), si bien ambos candidatos son de "izquierda", Carlos Gaviria de Colombia aparece como un moderado ante un Ollanta Humala que, por cierto, "moderó" un poco su discurso en los últimos días y trató de despegarse de su mentor, el venezolano Hugo Chávez. El caso de Chávez es claro a la luz de la aplicación de su lógica "amigo – enemigo" como síntoma de su errante retórica extremista.

Sin embargo, y salvando las distancias ideológicas que los separan a Izquierda y Derecha (digamos por ejemplo, Morales de un lado y Uribe del otro) y la intensidad que los separa entre el extremismo y la moderación (digamos, Chávez de un lado y Lula del otro) en casi todos los casos nos encontramos frente a una nueva ola del histórico populismo latinoamericano. No me atrevería a decir con un nuevo populismo porque en verdad tiene más de viejo que de nuevo.

El populismo no distingue izquierdas ni derechas, hay populismos de izquierda y hay populismos de derecha, pero sobre todo son populismos y populistas sus gobernantes. Recurren a prácticas populistas tanto un Uribe como un Chávez, aunque estén en las antípodas. El populismo no reconoce ni respeta ideologías, las utiliza.

Vivimos un histórico proceso democrático en términos de celebración de elecciones en la vida de nuestros países. Esto es un logro de nuestra vida democrática y debemos cuidarlo. Pero elecciones no es sinónimo de democracia, es un requisito, es la forma, es el procedimiento. Pero no la define, la hace posible. Es el requisito necesario, pero no suficiente. Al lado de las elecciones se encuentra un conjunto de instituciones que hacen posible la vida cotidiana en democracia. Estas instituciones son las que el populismo clausura. La democracia se caracteriza, más allá de los procesos electorales, por el imperio de la ley, es decir, el estado de derecho; la separación de poderes y el respeto por las libertades fundamentales de palabra, opinión, reunión, expresión y propiedad. El populismo mina, domina y en último término domestica o cancela las instituciones de la democracia liberal. El populismo aborrece los límites a su poder, los considera aristocráticos, oligárquicos, contrarios a la "voluntad popular"; el populista hace y rehace las reglas de juego –políticas y económicas- de acuerdo a sus necesidades, se burla de las libertades individuales, domina e impera.

Este es el peligro que no nos damos cuenta. Día a día renunciamos, cedemos y el populismo avanza. La democracia, una sana democracia –que conjugue ideales republicanos y liberales en sus cimientos más profundos– necesita tanto del consenso como del disenso. Espero que los latinoamericanos hagamos un esfuerzo por comprender, de una vez por todas, la importancia de esto.

© AIPE

Constanza Mazzina es investigadora de la Fundación Hayek y directora académica de CADAL, Buenos Aires.

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